Muertes estúpidas de mentes privilegiadas
Petrarca decía que una hermosa muerte honra a toda una vida. Pero ¿qué muerte es hermosa? Los más hogareños contestarán “rodeado de los míos”, los solitarios “escuchando a mi grupo favorito” y los abnegados “sacrificándome por otros”. Los más escatológicos dirán que con una erección en una mano y una revista porno en la otra, como en ‘Clerks‘. Los menos previsores como Sarah Polley en ‘Mi vida sin mí‘ , cumpliendo una lista de deseos antes de estirar la pata… Un montón de opiniones subjetivas que no pueden hacerse universales y mucho menos expresarse sin quedar atrapado en un pantano de tópicos y referencias previsibles.
¿Dónde se esconde pues la esencia de una muerte original y bella? ¿Cómo tener la seguridad de que alguien ha palmado con estilo? Odio hacer preguntas retóricas para las que no tengo respuesta, pero la idea de toda esta farfolla era preparar el terreno para lo que de verdad quería: hacer otra lista con fotos tamaño-sello de cerebritos que murieron de forma idiota e innegablemente bella. Suicidios involuntarios, cabezonerías, y regates del destino con más poesía y fuerza lírica que Gwyneth Paltrow vestida de ninfa leyendo a Rubén Darío en un campo de nenúfares. Muertes que nos recuerdan la (oh) fragilidad de la vida y lo absurda y divertida que puede ser a veces la parca.
Tycho Brahe: Aparte de esos bigotes que parecen colas de ardilla, el aspecto de Brahe en el retrato es bastante normal porque es bastante poco fidedigno. Este astrónomo de larga y fructífera relación con el absurdo, perdió la nariz en un duelo en sus tiempos de estudiante en Praga y llevó el resto de su vida una protésis de plata y oro (de exquisita discreción, por supuesto). Siendo niño, había sido raptado temporalmente por su tío sin que nadie en su familia pareciese darse cuenta de la mackaulkinesca ausencia ni sus padres lo reclamasen. Ya adulto y con la nariz de metal, se convirtió en un rico y poderoso noble, que además de sus investigaciones astronómicas, solía ir a las cenas de la flor y nata de la aristocracia danesa en compañía de un enano vidente (!) y un alce amaestrado. Según revela la correspondencia de Brahe, el alce murió después de una noche de jarana en la que bebió demasiada cerveza. Pero estamos aquí para contar la muerte de su dueño, digna de aparecer en el manual de urbanidad definitivo: en una de aquellas juergas, al pobre Brahe le entraron ganas de mear y por no molestar a sus amigos, aguantó sentado más tiempo de lo que el sentido común dicta saludable. Su vejiga estalló y murió al poco de peritonitis. Con nariz de oro, y gorguera de tarta nupcial; pero educado hasta la muerte. Antes de expirar no paraba de repetir “Que mi muerte no sea en vano”. Tranquilo Tycho, no lo fue.
Jack Daniel: La primera vez que tuve conocimiento de los JB’s no podía creer que no tuvieran nada que ver con la marca de whisky y se llamasen así por una persona. Cuando me introduje en el Jack Daniel’s no podía imaginarme que verdaderemente hubiese alguien con ese nombre. Pues sí, James Brown y Jack Daniel existieron al margen de los licores, aunque me da que los dos vivieron con una botella cosida a la mano. Al menos nuestro amigo Jack, que aparte de fundar la marca de güiscazo favorita del que escribe, tuvo una muerte digna de mencionar y dificil de explicar sin alcohol. Una mañana llegó pronto al trabajo e intentó abrir la caja fuerte. Incapaz de recordar la combinación, le pegó una patada, con tan feliz fortuna que se hizo una herida en el dedo gordo. Imaginamos que sus calcetines no estaban demasiado limpios o que las uñas del amigo Jack eran dignas de un velociraptor, pero la herida degeneró en una preciosa y exhuberante infección general que acabó con su vida el 10 de octubre de 1911, 95 años antes de que muriese James Brown y 59 después de la inauguración del primer cuarto de baño público para mujeres de Gran Bretaña.
Tennessee Williams: Dejamos el Tennesse whiskey por Tennesee Williams, néctar de los dioses el primero, dramaturgo sureño y homosexual el segundo. Me desvío del tema, pero siempre me ha sorprendido que precisamente en los años de más intransigencia con la homosexualidad en EEUU surgiesen escritores/as geniales gays/lesbianas como setas. Gore Vidal, Truman Capote, Patricia Highsmith, todos los beatniks… Que alguien me lo explique en los comentarios. Tenesse Williams. Tennesee Williams no tuvo una vida fácil; depresiones, alcoholismo, problemas con las drogas, una hermana en estado vegetal, la muerte por cáncer del amor de su vida… Pero si ninguno de esos mazazos hizo caer al autor de ‘La gata sobre el tejado de zinc’ o ‘Esplendor en la hierba’ uno mucho más original y en el fondo bello terminó con su vida. Tenía la costumbre de echarse colirio en los ojos (¡décadas antes que ‘Ella Baila Sola‘!) , sosteniendo el tapón del bote con la boca. El 24 de febrero de 1983, con 71 años, se disponía a echarse las gotas cuando tragó el tapón y se asfixió con él. Aguantar lo que aguantó para morir de esa forma. Así se derrumban los castillos de naipes, con soplidos y no a cañonazos.
Jean-Baptiste Lully: Volviendo a los clarividentes integrantes de la otra acera, seguro que el siglo XVII fue una época dificil para ser heterosexual. Esos pelucones, los trajes llenos de lacitos y los puños de encaje debían horadar muy hondo en la autoestima de los que aspirasen a acostarse con mujeres. El pobre Jean-Baptiste tenía que luchar, además del handicap de la vestimenta, con su nombre de diseñador mariquita y un apellido que parece el mote de una puta francesa. Pero lo más grave de todo es que Jean-Baptiste se ganaba la vida como compositor y coreógrafo de ballets. “Blanco y en botella” debían pensar las elegantes damas de la corte de Luis XIV, que preferían calmar sus picores con otro, malinterpretando la orientación sexual de un Lully cada vez más frustrado. Lully ligaba menos que Fraga en una fiesta del petting, pero , sublimación freudiana mediante, se convirtió en el único compositor francés memorable en dos siglos de historia de la música. No obstante, sólo un tonto es feliz con eso si no le sirve para conseguir chicas y Lully seguía de un humor de perros. Tanto que en un concierto del 8 de enero de 1689 le dio un pronto y se puso a golpear furiosamente el suelo con el bastón con el que dirigía el compás de la orquesta. Se reventó el pulgar y (como Jack Daniel) se hirió de muerte cuando se le gangrenó. Lully creyó morir como un machote, viril e irracional, al negarse a visitar un médico. Pero todos le recordaremos por ser el personaje con apellido de puta fina que palmó porque se le partió una uña, oigh. De todos modos, casi habría sido más cruel que siguiera viviendo. (No me he molestado en leerme la biografía de este hombre más allá de su muerte; si es mejor de lo que me acabo de inventar me avisais)
Sherwood Anderson: Si Lully tenía nombre de muso de Gaultier, el caballero de la izquierda se llama como el bosque en el que se refugiaba Robin Hood con sus alegres bandoleros. Pero Sherwood Anderson ni era un bosque ni vistió nunca mallas verdes en público ni un actor que tocaba el piano con el pene le ha interpretado en alguna producción de Hollywood. Ni siquiera tuvo que robar a los ricos para dárselo a los pobres ni mucho menos casarse con una zorra en una película de Disney. Superado este zig-zag mental y lamentable que tiene como único objeto rellenar líneas para que no se descuadre la foto y quede el post feo, Sherwood Anderson fue un escritor estadounidense del que no he leido nada y que la wikipedia dice que influyó a muchos otros que sí he leído. También dice que murió en Panamá después de tragarse el palillo de un martini. Cuanta sed se pasa en la selva. Pero la causa de su muerte no fue una asfixia o una úlcera causada por el palillo. Anderson debía tener unos riñones muy raros, porque el palillo acabó en la vejiga y se la dañó hasta el punto de sufrir una perotinotis, gloriosa enfermedad que nos brindó los líricos cadáveres de Brahe y Victoria Rappe, por ejemplo.
Francis Bacon: Este caballero sostenía, como Brahe y el que escribe, que las golas gigantes dan un aire mucho más distinguido que las decadentes corbatas. La historia siempre la escriben los vencedores y como hoy las elegantes y señoriales gorgueras han pasado a mejor vida fruto de los tejemanejes de la peligrosa y castrante Edad Moderna, se censura este aspecto central de su pensamiento y los libros de filosofía se centran única y exclusivamente en que fue el inventor del método científico. La ciencia, pese a todo, es una gran cosa porque premite predecir los eclipses, si va a ser niño o niña, o si el palillo que guardamos dulcemente en la vejiga va a traernos complicaciones futuras. Sólo por eso merecería nuestro respeto y reconocimiento, al margen de sus lúcidas opiniones sobre moda masculina. Pero Bacon está aquí porque tuvo una muerte tan bella como estúpida. El inventor de la ciencia, acabó siendo el primer martir de ella: intrigado sobre la posibilidad de conservar la carne mediante el frío, compró un ganso, lo mató y en plena ventisca, lo cubrió de nieve. No sabemos si el ganso se estropeó o no, pero Bacon contrajo una neumonía. Tampoco conozco si la neumonía le causó fiebre y esta delirios, pero una mente cabal y ordenada como la de Bacon, creyó que era una buena idea comer nieve para curarse de la enfermedad. Murió al poco tiempo.
http://socioapatia.wordpress.com/2009/01/21/muertes-estupidas-de-mentes-privilegiadas/

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