Muertes estúpidas de mentes privilegiadas (II)
Qué clase de monstruosidad es esa de disfrutar con la muerte ajena. Quien, como nosotros, aprecia la belleza retorcida del señor de la guadaña, ha abierto una brecha fatal entre él y el resto de la sociedad. Se empieza riéndose de una muerte deliciosamente cruel y absurda, y se acaba robando, fumando demasiados porros o pasándose con la bebida y faltando a las sagradas reglas de la educación y la convivencia pacífica. Nada para el que queda subyugado por el encanto superficial de las muertes anecdóticas tiene importancia y los años que resten hasta la suya propia serán una espiral descendente de autodestrucción, verdades relativas, sexo sin amor, palabras malsonantes y comportamiento peligroso en general. Quién sabe si manejado por los hilos invisibles con los que la muerte controla a sus marionetas, no acaba asesinando a pobres inocentes pisándoles el dedo gordo del pie o impidiendo que la víctima de su oscura ofrenda a la parca vaya al cuarto de baño a mear tranquilamente.
Dicho esto y sabedores de que somos los hijos predilectos de Mefisto, los lacayos de la desesperación y el hastío, los integrantes más despreciables de una larga estirpe de sádicos que comenzó con la risa enferma de la serpiente cuando persuadió a Eva de que mordiese el fruto prohibido, seguimos con la lista de gente que la diñó en bizarras circunstancias.
Esquilo Siempre he preferido al cine al teatro porque en el segundo no hay zooms ni cambios de encuadre: todo ocurre en un soso y uniforme plano general. Pero donde el teatro no resiste ni un asalto es cuando se le compara con el vídeo doméstico. No hay forma de rebobinar ni de hacer fast- forward, no se puede detener la función cuando es necesario ir al WC a comulgar con la naturaleza, y si una actriz tiene un alegre descuido que revela las partes más rosadas o las más negras de su anatomía, no es posible congelar la imagen para masturbarse como monos. Consciente de esas importantes limitaciones, Esquilo llevó al teatro a las cimas más altas que los planos generales y la unidad de tiempo, acción y lugar permitían. La clave del éxito de Esquilo era una enorme calva que facilitaba una comunicación mucho más fluída con Talía y Melpómene que la que las musas mantenían con otros dramaturgos con pelo. Esa calva, la causa de su inmortalidad metafórica, sería también la culpable de su muerte real. Un quebrantahuesos arrojó desde las alturas una tortuga contra la cabeza de Esquilo, confundiéndola con una piedra por su lisura y brillo. No sabemos cómo quedó la tortuga después del infausto accidente, pero Esquilo murió al instante, sin dar tiempo a que un incuestionablemente afligido quebrantahuesos le pidiese disculpas.
Allan Pinkerton Es público y notorio que los conejos se desmayan después de eyacular. No obstante, también es un dato conocido que estas simpáticas criaturitas joden como si lo fueran a prohibir. ¿Qué ventaja evolutiva supone desvanecerse después del orgasmo? ¿Aumentar la esperanza de vida de los machos evitándoles el stress de tener que hablar y hacer cariñitos a la hembra después de correrse? Esta hipótesis es harto improbable porque los conejos no hablan, pero los desmayos se dan con cierta frecuencia en los humanos, la mayoría de los cuales sí habla y una mayoría aún más amplia no folla como los conejos. Un ejemplo perfecto de este inmenso conjunto de seres humanos de actividad sexual moderada y capacidad de comunicarse mediante el lenguaje fue Allan Pinkerton, también famoso por ser uno de los primeros detectives privados de la historia de EEUU y fundar la primera agencia de huelebraguetas del mismo país. Su vida trepidante y llena de peligros terminó de la forma más tonta. A finales de junio de 1884 resbaló en la calle y se mordió la lengua. Al igual que tantos otros cabezotas, se negó a ir al médico, se le infectó la lengua y en pocos días perdió tanto la capacidad de hablar que le distinguía de los conejos como la condición de vivo que sin duda disfrutáis todos los que estáis leyendo esto.
Pitágoras Cuenta la leyenda que este importante filósofo y matemático griego murió porque se negó a pisar un campo de habas. Para Pitágoras, las habas tenían alma, por lo que era un crimen dañarlas y uno mucho más grave comerlas. La evidencia demoledora que sostenía esta maravillosa teoría (y no me lo invento) son los pedos que genera su ingesta. Esos gases, para Pitágoras y para cualquier persona con un mínimo de sentido común, son en realidad el alma de las habas, que en su fuga anal buscaban un lugar más reposado que los intestinos humanos para gozar de su existencia inmaterial. Así pues mientras huía con sus discípulos de la invasión de los siracusanos a principios del siglo V AC, él y sus alumnos se encontraron con un campo de habas. Rehusó tajantemente pasar por allí, y antes de que le diera tiempo a rodear el campo de legumbres dotadas de almas, los enemigos le dieron alcance y lo mataron. A los filósofos de la antigüedad siempre les pasan cosas muy locas, como la naranja de Ockham, la taberna de Platón o Arquímedes y su hornillo sin fin, historias todas ellas que creo innecesario explicar aquí, pero que demuestran hasta que punto los filósofos son todos tremendos y nos invitan con su ejemplo a culminar con éxito nuestros respectivos proyectos vitales.
Kurt Gödel Cuentan que a una gobernadora de Texas de principios del siglo XX, fueron unos cuantos padres de alumnos a sugerirle que, dada la creciente población inmigrante de origen mexicano, sería lógico enseñar español en las escuelas. La respuesta de la gobernadora fue: “Si el inglés era lo bastante bueno para Jesucristo, entonces también lo es para los niños de Texas”. Teniendo que lidiar con un mundo así, es bastante comprensible que Kurt Godel se volviese loco. Este señor de gafas fue el autor de los Teoremas de la incompletitud , que afirman cosas que no entiendo, pero que fueron muy relevantes por razones que también se me escapan. De cualquier forma, si fuese capaz de contarlo, seriáis vosotros los que no os enteráseis de nada y al recordar a Gödel seguro que os vendría a la mente (en vez de las inteligentes demostraciones del matemático) la anécdota de la señora texana. Por eso la he puesto. Bien, continuemos. Gödel, como decía, estaba loco. Toda la vida sufrió problemas mentales, que se fueron acentuando con la edad. Sólo comía lo que le preparaba su esposa por miedo a que le envenenasen y cuando la hospitalizaron, Godel simplemente dejó de comer. Llegó a pesar 40 kg antes de morir.
http://socioapatia.wordpress.com/2009/01/23/muertes-estupidas-de-mentes-privilegiadas-ii/

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