Cómo aman nuestras manos
Señor Sinay:
Quiero pedirle una opinión sobre lo que está sucediendo con respecto a la comodidad y el confort, trasladados a las relaciones amorosas. Tengo 30 años, soy soltera, y muchas veces me dicen que no tengo novio porque “pretendo demasiado”. Me pregunto: ¿la búsqueda del confort hoy ha eliminado el afán de esforzarse por seducir al otro? Conmovida por la película Wall-E (en el futuro toda la gente vive sentada en un sillón; las máquinas lo hacen todo por uno), percibo que los hombres de hoy no quieren “complicaciones”: “Nos vemos si tenemos tiempo”, “Si me queda de paso, te visito”, “Si se da, salimos”, “Te llamo si puedo”, etcétera. El afán de querer las cosas fáciles y rápido está matando el encanto de la seducción verdadera, de “trabajar” un poquito para sorprender, con una pequeña fantasía, al otro.
Natalia Betiana Manfredi
Una de las más bellas definiciones del amor que he leído es de Norberto Levy (médico psicoterapeuta, sensible humanista) en Aprendices del amor , uno de sus reveladores libros sobre las emociones. Levy propone una minimalista y sorprendente aproximación a la comprensión del amor. “Tal vez podamos comenzar observando simplemente nuestras manos, dice. Cómo se relacionan entre sí mientras realizan las tareas del día: ponerse la ropa, abrochar un botón, preparar un café. Todas las tareas. Observarlas con detenimiento y mirar la relación. Allí hay ayuda recíproca, ajustes continuos, acoplamientos precisos, sentido de equipo… Esa es la cooperación del amor.” Para aprender eso que hacen con naturalidad, nuestras manos han pasado por un proceso de aprendizaje, por la experiencia, por el ensayo y el error, han evolucionado hasta alcanzar la motricidad fina que les permite tal armonía. Y así como nuestras manos construyen su relación de amor, lo hacemos nosotros cuando la totalidad de nuestro ser se relaciona con otro ser.
¿Pretende demasiado nuestra amiga Natalia en el plano de las relaciones amorosas? Así como a los seres humanos se nos ha dado la maravillosa bendición del amor, también se nos ha dado (como en todos los aspectos de nuestra vida) otro privilegio: la responsabilidad de actuar a la altura del amor. Esto es, quizá, lo que nuestra lectora llama “trabajar” para seducir al otro, para tender un puente hacia él, un puente que pueda ser transitado desde ambas orillas. Una mínima pretensión, en realidad.
Vivimos en una época atravesada por numerosas confusiones. Entre tantas otras cosas, confundimos conexión con comunicación, valor con precio, necesidad con deseo, servicio con prestación, felicidad con placer, poder con impunidad y, muchas veces, capricho con derecho. Algo común a estas y a otras confusiones, o acaso el origen de las mismas, es el olvido del otro, del prójimo, la creencia de que éste sólo interesa si me sirve y que cuando no me sirve es descartable o es un obstáculo a excluir. El confort, la comodidad, la ilusión de que no hay que hacer nada por nada, de que todo nos será dado a imagen y semejanza de nuestro deseo; la falta de coraje para vivir, para arriesgar en pos de un propósito trascendente; el acorazarse para eliminar la posibilidad de la frustración, del dolor; la desidia para poner energía y colaboración en la construcción de un vínculo, termina por dejarnos “seguros”, sí, pero solos, con el espejismo de relaciones fantasmales. Si nada haremos por nuestra vida, por acercarnos al otro, nada nos pasará, nada recibiremos, aunque el confort nos adormezca en un sueño narcótico.
“El amor se manifiesta básicamente como respeto, solidaridad y cuidado”, dice Norberto Levy. “La experiencia del amor es la que surge del reconocerse como dos partes distintas de una misma unidad mayor.” Ese reconocimiento requiere lo que Víktor Frankl llamaba voluntad de sentido. Un movimiento en pos de la trascendencia, de hacer de nuestra vida una huella significativa en la eternidad, algo más que un cómodo y confortable respirar, comer, dormir, reproducirnos y morir. Algo más que un cómodo vegetar. En el confort egoísta, en la cobardía de la comodidad que evita al otro, el amor muere nonato. “El Amor es la memoria que la Unidad tiene de sí misma en la diversidad”, afirma Levy con hermosas palabras. Y no hay diversidad si no nos acercamos al otro.
Por Sergio Sinay

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