Interlink Headline News 5009 del Viernes 17 de Octubre de 2008
Hace un tiempo atrás escribimos una larga nota acerca de la supuesta estupidización que Google nos estaría provocando. Una enorme literatura esta balizando esta querella, en gran medida inútil. La nota cayó interesante en varios ámbitos y fue materia obligada de mis charlas de los últimos 3 o 4 meses. Aquí va una versión sintética que servirá para renovados debates.
EDITORIAL GOOGLE Y LA REEDICION DE LA INUTIL QUERELLA ENTRE ANTIGUOS Y MODERNOS
En los 70 nos estupidizaba la TV, ahora le llegó el turno a Google
Un par de meses atrás la revista The Atlantic tapizada con un enorme titulo de caligrafía googlesca -y en la pluma de Nicholas Carr- se/nos preguntaba provocativamente si Google no está estupidizándonos “Is Google Making Us Stupid?
Según Carr ya no pensamos como antaño, y su diagnóstico estaría garantizado por la lectura de un libro o de un artículo largo, delicado y difícil. Nuestra concentración se desvanece a las tres páginas, perdemos el hilo, a los diez o veinte minutos ya queremos hacer otra cosa, y la lectura profunda que fue la norma durante casi 500 años estaría camino del olvido.
El culpable de tamaño sacrilegio no sería otro que nuestra sobreexposición a la red. Internet convertida en la cocaína del siglo XXI, discurso purificador si los hay.
Los riesgos letales del sobrevuelo de información
La nota de Carr se basa en un estudio reciente acerca de los hábitos on line publicado por University College London, Pioneering research shows ‘Google Generation’ is a myth que corrobaría que estamos atravesando una compuerta evolutiva -para mal.
Tomando como base los logs de visitas a la British Library por un lado, y a un consorcio de entidades educativas inglesas por el otro, se habría confirmado el supuesto de los letrados, de que estamos adviniendo a un tipo de actividad de sobrevuelo de la información, saltando de una fuente de información a la otra y rara vez o nunca volviendo al original.
Saltamontes informacionales y el cerebro lector
Estos usuarios serían saltamontes informacionales, no leerían mas que una página o dos de un libro, grabarían algún artículo largo pero nunca lo revisitarían. La gran novedad del estudio (para Carr) es que no se lee en línea, sino que se flota, saltea, hojea. Copiando alguna justificación de un psicoanalista argentino los autores del “sesudo” ensayo insisten en que se lee en línea para no leer de verdad.
Como la lectura no es innata, e implicó un largo trabajo cultural de varios miles de años, intempestivamente y a partir de ejemplos aislados, de un récord de no mas de 15 años de experiencia en la red, y de muchas ganas de que la realidad se acomode a los medios y a los perjuicios, autores de este calibre, -que defienden tanto la inteligencia humana como sus propias profesiones y privilegios-, temen que nuestro cableado cerebral colapse y nos borre lo que de mas humanos tenemos que es ser lectores en profundidad.
Según Carr, los googlófilos somos unos antropofóbicos que insistimos en que el cerebro humano no es otra cosa que una computadora obsoleta que necesita un procesador mas rápido y un disco duro mas grande para estar a la altura de los tiempos.
La lectura profunda es indistinguible del pensamiento profundo
Carr es -a pesar de haber escrito esta elegía- un tipo inteligente ex director de la Harvard Business Review y autor de obras llamativas como Does IT Matter? y The Big Switch, sabe que será tildado ipso facto de luddita. Igual para él Internet no pertenece al régimen del alfabeto, y la lectura profunda de la imprenta, que estaríamos perdiendo a manos de la Red, nos estaría privando del diálogo reflexivo, profundo, pletórico de reverberaciones, asociaciones, inferencias y analogías que son la estopa de la cual están hechas nuestra propias ideas. ¿No afirma acaso Maryanne Wolf que la lectura profunda es indistinguible del pensamiento profundo? Con lo cual abandonar ese estilo de lectura es ipso facto abandonar el propio pensamiento
Google (no) tiene la culpa
Si nos tomamos demasiado en serio a Carr -que a lo mejor nos está tomando el pelo sobreactuando- corremos el riesgo de caer presos de una nueva guerra santa, esta vez a favor de la lectoescritura y en contra de la contrarrevolución digital.
Habiendo leído tratados y sistemas durante cerca de 40 años. Amando cada día mas tanto la lectura tradicional como la “lectura” en línea, a mi gusto lo que estamos logrando -de la mano de la Wikipedia, Google, de Youtube, de la computación en nube, de la revolución blogger-, está en las antípodas de lo que sostienen Nicholas Carr, Roger Chartier, Maryanne Wolff -en Proust y El Calamar- o Steven Birkerts -en Las Elegías de Gutenberg-.
Estamos entrando en un estado de nirvana maravilloso, poblado de polialfabetismos, de alfabetizaciones analógicas multiplicadas por las digitales, de conversaciones transmedia, de acoples intergeneracionales, de suma de la Biblia (de Gutenberg) y el calefon (de Breton o de Duchamp) en dosis equivalentes e iluminadoras, de por medio.
La forrajería en línea, la cacería de ideas, las referencias infinitas, los links sin parar, la nueva forma de citar sin hacerlo, la obra abierta soñada por Mallarmé y teorizada por Eco, el docuverso y Xanadu de Ted Nelson, todas las metáforas condensadas y superpuestas de un medio inmersivo e invasivo que, habiendo cumplido los sueños de McLuhan acerca de la identificación entre medio y mensaje, no son la pesadilla que estaría terminando con las sagradas operaciones (o deberes) de la mente, cuales son la concentración y la contemplación, la paciencia de la argumentación y el tiempo ilimitado antes de la acción. Al contrario.
Una supuesta crítica política enmascara una lectura ideológica de pacotilla
El planteo de Carr no es solo político sino también ideológico. Su nivel de análisis está totalmente sobredeterminado por su defensa paranoide de un narcisismo letrado asechado (que se autorerige sin que nadie se lo pida en defensa postrera del Humanismo y la Ilustración).
En sus planteos filosóficos, epistemológicos y cognitivos, anidan tanto un resentimiento de clase letrada, como sobretodo el riesgo profesional y corporativo que veremos crecer, a medida que Google, la red, el software social y muchas otras tecnologías del conocimiento nos brinden mas posibilidades emancipatorias, instantáneamente canceladas por los profetas de lo viejo por default.
Ayer fue Barbara Cassin con Googleame. La segunda misión de Estados Unidos, hoy es Carr. Ayer fue Andrew Keen con The cult of the amateur. How Today’s Internet is Killing Our Culture, hoy es Mark Bauerlein en The dumbest generation. How the Digital Age Stupefies Young Americans and Jeopardizes Our Future”.
Acostumbrémonos en el futuro inmediato a ver muchas mas reacciones como éstas, asi como violentas confrontaciones intentando enarbolar los estandartes del viejo orden cognitivo e intelectual en contra del nuevo orden misceláneo, digital y distribuído.
Ideas confusas y mezcladas
El mash-up, los cross-media la vVJ culture (ver VJ: Audio-Visual Art and VJ Culture: Includes DVD de D-Fuse) la cultura del reciclado, las ideologías del rip, mix & burn, pero sobretodo la cultura de la copia -imperdible aqui Mercedes Bunz “La utopía de la copia“, la remediacion, la estética relacional, la post-producción y el remixado, están abriendo un mundo nuevo que esta siendo entusiastamente abrazado por las nuevas generaciones y por algunos -como nos- de las viejas.
No se trata, empero, de contraponer la vieja cultura analógica con la nueva cultura digital , ni de reeditar oxidadas querellas entre antiguos y modernos. Se trata de explorar/construir el concepto de la remediación, de formas de saber qué ganamos y que perdemos en el mismo momento en que emerge/diverge un nuevo sistema de mdeiods, de ser versátiles en ecología de los medios. De potenciar los polialfabetismos. De diseñar -permitir que se autorganicen- acoples de hombres y máquinas en pos de una cognición compleja para un mundo complejo que ya no se puede permitir mas estos simplismos y tomaduras de pelo, como es la actual crisis financiera internacional.

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