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Atropello a la razón

Ese chofer de taxi que nos lleva a toda velocidad sin que nadie se lo haya pedido, sólo porque está apurado ?vaya a saber por qué?, y nos hace temblar pasando semáforos en amarillo y esquivando peatones que tienen que emular a las estrellas del ballet ruso dando saltos para salvar la vida.

Esa gente que llega al cine justo cuando empieza el film, con la sala a oscuras, buscando a tientas asientos libres (si las entradas son numeradas el bochorno será peor), cargados con combos de pochoclo, gaseosa y algún oloroso y grasiento pancho rebosando mostaza por los cuatro costados, que pasarán sobre nuestros pies cual alfombra persa tapándonos la visual, haciéndonos perder el planteo del argumento y derramando a su paso líquidos y cereales no deseados.

Esos pesados que todo lo saben antes que nadie y se la pasan presumiendo de contactos y buenas fuentes para cuanto rumor político, financiero, social o farandulero vuele por el aire y que documentan sus informaciones con bochornosas intimidades de los que defenestran, que a nadie le importan y que en la mayoría de los casos no tienen real fundamento.

Esos reyes de la desgracia que de lo único que hablan es de enfermedades, muertes, accidentes, brutales asesinatos y casos patéticos de violaciones y catástrofes, y que siempre rematan sus espantosos relatos con un “esto sólo pasa acá” tanto como para hacernos sentir en el peor infierno mundial.

Los “médicos” sin título que tienen un remedio mágico, infalible y, si se puede, insólito e inaudito para cualquier malestar: yuyos, tisanas, masajes, acupunturas, ejercicios, relajaciones, pastillas y jarabes que nos imponen desde su experiencia personal sin saber si esos productos son aptos y compatibles con nuestro organismo.

Ese inconsciente que nos ofrece su auto para acercarnos a nuestra casa y se la pasa todo el trayecto hablando por su celular con Dios y María Santísima de los más variados y espinosos temas, que pueden abarcar desde una pelea conyugal hasta la concreción de un negocio, pasando por una discusión política o deportiva. Desde luego, el supuesto favor que nos han hecho al transportarnos debe ser agradecido a pesar de los sobresaltos, frenadas y bocinazos que han matizado con siniestros toques de estrés nuestra travesía.

Los prejuiciosos de siempre, que se niegan a dar una oportunidad a personas que tienen características exteriores parecidas a las de alguien que los defraudó y cierran puertas a gente que ni conocen simplemente por ser jóvenes, viejos, gordos, judíos, negros, bolivianos o coreanos, porque “ya se sabe cómo es este tipo de gente, ¿viste?”.

Los hipócritas que se hacen los buenitos y tolerantes, pero que, a solas, son tanto o más prejuiciosos que los mencionados en el párrafo anterior.

Los que no tienen piedad con el error ajeno, pero están llenos de indulgencia para con los propios.

Los gobernantes que quieren convencer a sus gobernados de que lo que pagan todos los días en el supermercado no vale lo que vale, sino lo que a ellos les conviene que valga para que cierren los números del “dibujo oficial de turno”, que consiste en armar una fantasía que sólo funciona en la galaxia supersolitaria del poder prepotente.

Los que justifican cualquier barbaridad a los que tienen coincidencia ideológica con ellos y no reconocen ni ebrios ni dormidos ninguna virtud de los que están en otra vereda.

Todos esos y muchos más que quedan en el tintero para una próxima entrega son algunas de las caras grotescas de la falta de respeto y del atropello a la razón que Discépolo lloró en su Cambalache. No se intenta desde estas líneas poner todo en una misma bolsa (no es lo mismo llegar tarde a un cine que engañar a un pueblo o que poner en peligro la vida ajena conduciendo un auto imprudentemente), pero sí resaltar que muchas veces las pequeñas faltas son el preámbulo de las más grandes e insultantes.

Por Enrique Pinti
http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=1043555

En: ¿La Buena Vida? — agosto 31, 2008

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