Interlink Headline News Nº 4932 del Viernes 1 de Agosto de 2008
EDITORIAL UNA MUDANZA SIN FIN. BAJANDO EL PROMEDIO DE ESTANCIA EN UN HOGAR INMOVIL
Mudarse es vivir mas vidas ¿o no?
Hace pocos años le tocó padecerlo/agradecerlo a un amigo cercano. En menos de un año se mudo 5 veces. Siempre me llamó la atención -y hasta me provoca una honesta admiración- la gente que se muda seguido. Pero no de novio o de amante, de país o de compulsión veraniega, sino aquellos que por fuerza (diplomáticos/empleados de multinacionales), pero mas aun por ganas (eternos insatisfechos), vagan de una dirección a otra, como los caracoles se llevan la casa encima, mudan petates y afectos, y sobretodo tienen la enorme capacidad de estar cómodos en donde sea, no sin antes previamente haber logrado la verdadera proeza que es salirse de donde estaban y ser otra vez, mejores, en un lugar nuevo.
Porque aquí como en ningún otro caso no vale eso de que el viaje es la recompensa (bíblica sentencia jobesiana). Mi admiración no cesa ante quienes no tienen empacho en empacar todo, hacerlo obsesivamente un mes antes como mi hermano Fabián (aunque él solo se mudó 3 o 4 veces en su vida), o con una desaprensión exitosa como mi amiga Ana, que llegó a mudarse mas de 30 veces en un quinquenio, y seguramente me quedo corto en la enumeración.
Debe haber algo muy característico en el DNA de las mudanzas de cada uno que nos define con igual o mayor precisión que la historia de nuestras lecturas, los modelos de computadora que usamos, el color y la tipología corporal de nuestras novias, o la insignia que preside nuestro trabajo o que caracteriza nuestras ambiciones laborales.
¿Mentes móviles en espacios fijos? ¿O al vesre?
También somos tanto el lugar que hemos elegido (o que ha elegido por nosotros) nuestra morada principal (pero también la segunda, veraniega o campestres, si es que la tenemos), que el tiempo que duramos en ella algo nos dice acerca del tiempo de nuestros días, de nuestras ideas, de nuestra epistemología de la permanencia y el cambio y muchas otras cosas mas.
En mi caso concreto (¿y quién se anima a decir que es capaz de decir algo pertinente mas alla de si mismo, y con lagunas?) las mudanzas son una excentricidad manifiesta. Porque así como no tengo empacho en saltar de un avión a otro permanentemente, así como me gusta trasegar aeropuertos y apropinquarme a nuevas ciudades, no me interesa (¿interesaba?) en lo mas mínimo salir de mi cueva y sembrar nuevos domicilios.
Y no se trata aquí de ninguna figura retórica sino de una constatación banal -o como escuché ayer en una bizarra reunión- de “hechos contundentes”. Porque si bien es imposible hacer siquiera el listado de mis domicilios ocasionales (este año ya debo haber estado en una decena de hoteles y habré tomado mas de una veintena de aviones, y recién estamos a mediados de año), no lo es menos que mis residencias permanente aspiran lo mas parecido a la larga duración de Ferdinand Braudel que cualquier otra cosa.
Y se cuentan con los dedos de una mano que, divididos por mi inminente zambullida en la sexta década (después de todo cumpliré los fatídicos 59 en apenas una semana), dan la llamativa (para mi seguro, pero que cotejada con el promedio ajeno también lo será seguramente) cifra de un domicilio permanente cada 15 años.
Buscando bajar (infructuosamente) el cociente tiempo vivido/tiempo vivido en el mismo lugar
Así, viví hasta los 23 en Olivos en casa de mis padres. En 1973 me mudé a un dos ambientes minúsculo y colorido en Paraguay y Araoz. El gran salto adelante fue apenas 3 años mas tarde, contemporáneo del golpe asesino, a Julian Alvarez y Guemes, justo enfrente de la comisaría 21. Allí me quedé (aunque habría que descontar la estancia en USA de año y pico en USA) hasta 1991. 15 interminables años, es decir justo el promedio histórico de residencia, cuando me mudé a Coronel Díaz y Santa Fe, donde todavía yago, aunque desde hoy en forma compartida.
Porque después de un coqueteo de un poco mas de dos años, en estos dias finalmente en un esfuerzo sobrehumano logré desmantelar la inmensa sala biblioteca -que almacenaba alrededor de 4.000 libros- y la transporté temporalmente (seguramente por dos años ni mas, ni menos, pero seguramente sin retorno) al Rincón de MIlberg en el Partido de Tigre, donde perdí de tener al intendente como vecino o al menos de jefe comunal.
Mudanza parcial es claro, porque el resto de la casa no fue demasiado tocado aun, por la mudanza. No solo quedaron otros 4 o 5 mil libros aun en Coronel Díaz, sino que ni el living, ni el cuarto principal ni la cocina fueron demasiado afectados. Aunque seguramente pronto habrá un segundo éxodo masivo de libros y sobretodo del acervo principal de la casa, mi amado gato Risto, que deberá de ahora en mas acostumbrarse a ser una habitante de dos hogares.
Pero mudanza ciclópea sin duda. Porque así como tengo dos muebles locos, y algunos trastos menores, estoy seguro de que casi nadie (claro mi ex-amigo Alberto Manguel hace unos años se mudó a una abadía en el Sur de Francia donde se hizo construir bibliotecas a medida para sus 40.000 títulos, pero él es un primum inter pares) ve un obstáculo o un ancla feroz en su colección de ideas impresas.
El lento proceso de dejar la casa
Empecé el desmonte de la sala-biblioteca tardíamente el lunes a la tarde. Y después de horas y horas recién había logrado meter en cajas de cartón ad hoc (que lleva su tiempo armar y pegar, y que pesan toneladas en sus infinitos formatos) apenas una biblioteca y había mas de 13 en total para desmontar.
Tuve que tomarme un día entero para avanzar significativamente, y mientras los peones de la mudadora se tomaban su tarea con una tranquilidad coya (como que finalmente tardamos 11 si O…n….c….e horas en embalar/desembalar la carga literaria y demás en Tigre) todavía seguíamos con Toddy rotulando estantes, desarmando una curiosa estantería colapsada, encontrando libros escondidos en huecos o aplastados por estantes sibilinos, mientras los muchahcos metían las manos en el bolsillo y silbaban bajito.
Cuando ya no quedó ni uno de los libros, hubo que sacar cada todas las bibliotecas que por su tamaño, la mayoría mide mas de 2 metros y algunas tienen 2 metros de ancho obligaron, a bajarlas por la escalera y a hacer malabarismos para subirlas al camión, que cargado al máximo se desplazaba orondo por la Panamericana a 30 km/h.
Como estábamos condenados a ser lentos, en el momento en que entrábamos al Camino de los Remeros, una bellísima autopista de casi 5 km que bordea el Barrio Cerrado hacia donde nos dirigíamos, nos anoticiamos de que la misma era exclusiva para coches y camionetas, así que hubo que dar un larguísimo rodeo por la ruta 27, finalmente llegar a la casa que no contaba ni con luz ni gas, y hacer la descarga.
Se nos venía la noche, mi velocidad para atar literalmente con alambre y cinta negra los portalámparas no alcanzó a iluminar mas de cinco, y después se desató una feroz discusión acerca del precio a pagar por la inusitada mudanza en cámara lenta que fue bien resuelto por Toddy no sin antes escenificar un ataque de nervios y bronca mas que convincente.
Detestamos planificar pero el orden analògico lo impone, aunque casi siempre nos damos cuenta tarde
En el medio habíamos cometido dos errores garrafales. En vez de meter los libros en caja por tema o agrupamiento a futuro, los dejamos literalmente en el espacio que ellos habían sabido conseguir hace casi dos décadas atrás en sus adocenados estantes (los miles de libros nuevos o novísimos aun siguen en Palermo), y encima como las dos principales bibliotecas que avizorábamos tener en la planta superior no pudieron subir, se descompaginó todo el etiquetado de cajas… que son mas de 100 y que hoy boyan dispersas en la gran casa.
Como toda mudanza concreta ésta estuvo llena de anécdotas y de malasangre sin fin. Como que con Toddy tuvimos que literalmente cruzar innumerables veces la avenida Coronel Díaz cargando las bibliotecas y todo otro tipo de objetos. Que uno de los muchachos se lastimó la mano. Que los dos que vinieron primero eran tan mudadores como yo músico, etc. etc.
Pero lo mejor esta por ver/vivirse y lo mas importante está en el orden de las correlaciones. ¿Cómo pueden convivir en una misma mente/cuerpo/persona una fascinación constante por el cambio de las ideas con una inercia tan grande en la localización de la residencia principal? ¿Cómo es posible desembarazarse de paradigmas e interpretaciones naturales, cuando una masa infinita de libros impresos se abroquela en un espacio definido e impide viajar ligero de equipaje? ¿Cómo imaginarnos curriculum móviles y flexibles cuando nos topamos con una carga histórica de décadas ocupando cerac de 130 metros de estantes?
Las preguntas brotan tan fácilmente, mientras que las respuestas se estacionan cansinamente, y la frustración de no haber logrado pasar la primera noche en el Tigre se compensa por el paso dado, que al revés de Neil Armstrong en este caso, es nulo para la humanidad pero mayúsculo para este humilde servidor.
Por fin hoy se hizo la presentación pública del Taller de Reciclado que recibió notas elogiosas en varios matutinos porteños. Ya se avecinan viajes al interior (Chaco, Cordoba) y al exterior cercano (San Pablo, Lima). Y a principios de septiembre nuevamente una reconfortante estancia en Santiago de Compostela de apenas una semana.
Una vez que estemos instalados en Milberg con la primavera cerca habrá que declarar nuevas actividades y tareas. Bye hasta mañana en un primer día de agosto insomne y ágrafo les digo chau AP

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