La lección de un Nobel nos ayuda a medir en qué estamos
Por: Marcelo A. Moreno
Eric Kandel tiene 78 años y es asesor del Instituto de Ciencia y Tecnología de Austria y del laboratorio Memory Pharmaceuticales de Estados Unidos, que desarrolla fármacos contra el Mal de Alzheimer. En el año 2000 le dieron, por sus trabajos en neurobiología, un premio que no está nada mal: el Nobel de Medicina. Específicamente, lo que demostró es que el proceso de aprendizaje cambia la forma de comunicación entre las células del cerebro y los centros en que confluyen, aporte nada menor a la comprensión de fenómenos bien complejos.
En un reportaje reciente le preguntaron a esta veterana celebridad sobre el recorrido de sus logros y aprovechó la ocasión para impartir una clase de modestia. “Aún no sabemos qué es la consciencia. Ahora comprendemos sólo el 15% al 20% del cerebro. Hemos progresado mucho, y no se resolverá en menos de cien años. Pero cuando yo empecé a estudiar el tema, en los años cincuenta, sólo conocíamos el 5%. Parecía un sueño imposible. Según mi filosofía, uno debería tener sueños imposibles sólo si supone que los va a transformar en posibles. Dedicarse a sueños imposibles que uno sabe que no son realizables es perder el tiempo”. Peor, remarcó: es una estupidez.
A partir de esta iluminación del genio, propongo unas modestas proposiciones: Nuestra sociedad está capacitada para aprovechar la excepcional conjunción de un crecimiento económico sostenido y unos precios internacionales para las materias primas agrícolas que produce -como señala Mario Brodersohn- o esta sencillez consiste en un sueño imposible, dado que le resulta mucho más entretenido eternizar la pelea entre el Gobierno y el campo que proveer a la Nación del combustible indispensable para despegar hacia el desarrollo. El Estado podrá volver a calcular fenómenos como la inflación, la pobreza o la desocupación con metodologías confiables e incuestionables, aquí y en el exterior, como lo venía haciendo durante décadas o de ahora en más viviremos con horizontes sin certezas entre números fantasiosos, imprecisos o surrealistas, tanto para el que el que pretende discutir su sueldo, el inversor que busca emprederla con una fábrica o un supermercado o el que desea alquilar un dos ambientes.
Podemos albergar esperanzas de que el ya monumental problema de la inseguridad pueda ser atacado en sus causas y no solamente en sus efectos y que se logre una transparente mejora en los mecanismos de la Policía, la Justicia y el sistema Penitenciario .O debemos resginarnos a vivir con la idea de que en cualquier momento, en cualquier lugar nos podemos encontrar con alguien más o menos sacado que nos apunta a la cabeza con un fierro cuando no nos la destroza. Es factible que nuestro país vuelva a ser atractivo para los capitales externos -ya que optamos por el capitalismo, al parecer y no por otro sistema-, que logre recrear lo que se llama un buen clima de negocios o seguirá cayendo aún más en los rankings internacionales por ser considerado inseguro jurídicamente, con escasas reglas claras y duraderas y embarrado en una gelatina llamada corrupción.
Es lícito imaginar que un país que puede producir alimentos para una población una decena de veces superior a la que posee logre terminar al fin con el hambre y la pobreza extrema, esos escándalos tan crueles como repugnantes. Podremos volver a gozar de un un paisaje ciudadano que no incluya a los cartoneros. Y de un país que no sea un paraíso para los infernales clientes de la prostitución infantil, y sin la desgracia del paco, como hace apenas unas décadas. Es posible imaginar con alguna certeza que como sociedad recuperemos -porque los tuvimos y durante muchas décadas y orgullosamente- un sistema de salud y de educación públicas con estándares que respondan a una mínima decencia El agudo lector podrá, mucho mejor que quien escribe, establecer si estos interrogantes, sin duda cruciales para los que habitamos el suelo argentino, son sueños que pueden volverse posibles -como quiere el sabio Kandel- o meras estupideces cuya simple enunciación constituyen una pérdida de tiempo. Por eso, responderlos vale la pena. Aunque sea para vislumbrar, con cierta dosis de certidumbre, dónde estamos parados. O si, en realidad, nos estamos hundiendo.
http://www.clarin.com/diario/2008/07/20/sociedad/s-01719095.htm

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