Uso y abuso de los artistas
Para qué podemos servir los novelistas, aparte de escribir novelas; o los pintores, además de hacer cuadros; o los músicos, más allá de interpretar o componer? Leo por casualidad Travels with Dr. Death (Viajes con el Dr. Muerte), un antiguo libro de reportajes de un interesante periodista norteamericano, Ron Rosenbaum, y me entero de que, a principios de los años ochenta, el entorno de los servicios secretos de Estados Unidos coqueteó con la idea de montar una unidad de ?desinformación?, capaz de ofrecer datos erróneos para confundir al enemigo; hipotéticamente, el equipo estaría compuesto por ?paranoicos funcionales, magos, guionistas de cine? y otros individuos capaces de imaginar y desarrollar intrincadas peripecias irreales pero creíbles.
Hay que recordar que por entonces aún estaba en funcionamiento la Guerra Fría. Ahora, desaparecido el Telón de Acero, hemos pasado a vivir en la guerra caliente del terrorismo islámico y resulta que, según publicó The Inquirer en 2007, el Departamento de Seguridad Nacional de Estados Unidos ha pedido ayuda a una serie de novelistas de ciencia ficción para imaginar posibles planes de atentados, por muy locos que sean, y maneras de evitarlos.
La creatividad artística ha sido utilizada en otras ocasiones de manera mucho más inquietante y enfermiza. Por ejemplo, se sabe que el ejército norteamericano ha usado y usa canciones del rap, el pop y el heavy metal, puestas a todo volumen, para torturar a los detenidos en las cárceles militares de Guantánamo, Afganistán e Irak. Según un investigador del Brooklyn College, en Guantánamo han utilizado, entre otros, a Eminem, Britney Spears, Metallica e incluso algún tema de Bruce Springsteen. Pero una de las experiencias más repugnantes de utilización del arte como tortura sucedió en España, durante la Guerra Civil. En mayo de 1938 se comenzaron a construir, impulsadas por el Partido Comunista y los agentes estalinistas, las llamadas chekas, o celdas psicotécnicas. Estaban situadas en los alrededores de Barcelona y fueron diseñadas por un tal Alfonso Laurencic, de nacionalidad austríaca, pintor y director de orquesta. Las celdas eran diminutas: dos metros de altura, metro y medio de ancho y otros dos metros de largo. Este agujero estaba alquitranado por dentro y por fuera, para que el sol recalentara el interior hasta convertirlo en un horno asfixiante. Pero lo peor era que la tabla que se utilizaba como cama estaba inclinada unos veinte centímetros, lo cual imposibilitaba descansar; por añadidura, el suelo presentaba una superficie ondulada, inspirada en los diseños de la Bauhaus, que hacía que caminar resultara inseguro e incierto. Por último, las paredes eran curvas y sobre ellas se proyectaban motivos geométricos y obras abstractas y surrealistas de Kandinsky, Paul Klee, Johannes Itten, Moholy Nagy y otros artistas plásticos. También se proyectaba una y otra vez la famosa escena del corte de un ojo con una cuchilla perteneciente a El perro andaluz de Luis Buñuel. Al parecer, estas celdas psicotécnicas, tan alucinantes y vertiginosas, eran las más temidas. Una estancia en esos agujeros de pesadilla te deshacía la voluntad y la cabeza. Deprime pensar que la España de la época, tan atrasada y paupérrima en casi todo, fue sin embargo vanguardista y pionera en la tortura.
Por Rosa Montero

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