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Vivir en paz

Vivir en paz, así se llamaba una vieja película italiana de la segunda posguerra, protagonizada por el gran bufo del grotesco Aldo Fabrizi. Italia, como toda Europa, salía de la Segunda Guerra Mundial herida, paupérrima, hambrienta, sin trabajo y con trastornos psicológicos de extrema gravedad, más un éxodo masivo de población harta del horror, las bombas, las invasiones y las violaciones permanentes de los derechos más elementales. El objetivo era entonces vivir en paz, cosa que no resultaba nada fácil porque después de años de angustia y barbarie mucha gente se había desacostumbrado a darle un real valor a la vida, ya que ésta cotidianamente pendía de un delgado hilo que una bomba o una bala perdida podían quebrar en un segundo.

Cuando esta situación se prolonga y se hace habitual, muchos seres humanos comenzamos, casi sin darnos cuenta, a vivir el momento sin preocuparnos por nada más. Así, desaparecen o se desdibujan valores que siempre habían sido principios de cabecera y que condicionaban nuestras conductas sociales de convivencia. Así, si uno tenía claro que no debía robar propiedad ajena bajo ningún pretexto, el bombardeo en la casa lindera habilitaba a revolver los escombros y quedarse con objetos más o menos valiosos de los difuntos vecinos que nos podían servir aunque más no fuera para canjearlos por comida. Si se amaba, había que concretar a los apurones porque no se sabía si existiría un mañana, de resultas de lo cual la ansiedad de vida se confundía con el verdadero amor y tantas embarazadas de guerra agregaban un problema más a los muchos que la contienda ocasionaba. La supervivencia a toda costa bajaba los niveles de ética y solidaridad a sus mínimos topes aunque a veces, por esa milagrosa grandeza que se oculta en algunos seres privilegiados, la necesidad y el miedo desarrollaban los valores opuestos: heroísmo, sacrificio, auto-inmolación para salvar a hijos y parientes. Todo en la guerra es extremo, pero, si bien nadie niega lo bueno, lo malo es lo más corriente y lo que más cicatrices deja en el alma humana.

Aquella Europa desangrada y hambrienta, llena de inseguridad ciudadana por causa de los “locos de la guerra” que pululaban por calles oscuras con alucinaciones y traumas a flor de piel, o de restos de bombas sin explotar que se llevaban vidas de criaturas famélicas que por jugar o por buscar algo de comer entre las ruinas encontraban la muerte como si el frente de batalla todavía estuviera en funcionamiento, era un escenario grandioso donde las obras de arte y la arquitectura que habían logrado sobrevivir miraban, quizá resignadamente, cómo la historia volvía a repetirse y las invasiones de la barbarie (con túnica, armadura, peluca empolvada, bigote manubrio, melena hippie o modelito Armani) acometían contra la naturaleza humana, la misma que en raptos de genialidad las había creado. Vivir en paz era muy difícil. Había que reacostumbrarse a que la vida tenía un valor, a que la propiedad ajena era intocable, a que podía volver a haber muchos mañanas y que la palabra futuro tenía sentido otra vez. El trabajo volvió poco a poco, los locos se curaron o murieron, el amor podía tomarse su tiempo y los niños volvieron a jugar tranquilos sin miedo al estallido. Un trabajo que demoró décadas y quemó a más de una generación. ¡Vivir en paz! El fantasma de la guerra no desapareció de Europa y de Occidente en general, sino que se congeló como Guerra Fría, mientras que Asia y Africa ardían en conflictos sangrientos y América latina se debatía entre guerrillas, corrupciones y dictaduras horrorosas, dando lugar a situaciones bélicas permanentes, siempre con el “aporte” de las potencias, ya sea EE. UU. o URSS, que ejercitaban, tanto como para despuntar el vicio, sus probadas “virtudes guerreras”.

Hoy hemos instalado el concepto de vivir en guerra otra vez. Arden Medio Oriente, América latina, Israel, Palestina, Europa está amenazada por terrorismos de afuera y de adentro, y por un IRA que se rinde hay una ETA que sigue matando. Va a ser muy difícil volver a vivir en paz, aunque todavía es posible porque no se ha llegado al colapso total. Pero si los negocios de venta de armas continúan, va a ser muy problemático ese futuro, que no depende sólo del euro o el dólar.

Por Enrique Pinti
http://www.lanacion.com.ar/1004625

En: Política y Escena Internacional — Abril 20, 2008

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