Palabras
Imagina lo que sería intentar vivir en un mundo dominado por el óxido de dihidrógeno, un compuesto que no tiene sabor ni olor y que es tan variable en sus propiedades que, en general, resulta benigno, aunque hay veces en que mata con gran rapidez. Según el estado en que se halle, puede escaldarte o congelarte. En presencia de ciertas moléculas orgánicas puede formar ácidos carbónicos tan desagradables que dejan los árboles sin hojas y corroen los rostros de las estatuas. En grandes cantidades, cuando se agita, puede golpear con una furia que ningún edificio puede soportar. A menudo es una sustancia asesina incluso para quienes han aprendido a vivir en ella. Nosotros la llamamos agua. El agua está en todas partes. Una papa es en un 80% agua. Una vaca, en un 74%. Una bacteria, en un 75%. Un tomate, que es agua en un 95%, es poco más que agua. Hasta los humanos somos agua en un 65%, lo que nos hace más líquidos que sólidos por un margen de casi dos a uno. El agua es una cosa rara. Es informe y transparente y, sin embargo, deseamos estar a su lado. No tiene sabor, pero nos encanta beberla. Somos capaces de recorrer grandes distancias y de pagar pequeñas fortunas para verla al salir el sol.Y aun sabiendo que es peligrosa y que ahoga a decenas de miles de personas al año, nos encanta retozar en ella.
Bill Bryson es autor de Una breve historia de casi todo , libro de divulgación científica que, en 2004, ganó el Premio Aventis de libros de ciencia.

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