Interlink Headline News Nº 4759 del Domingo 10 de Febrero
EDITORIAL DESPEDIDA AGRIDULCE DE PLAYA UNION. SE QUEDAN LOS PERROS SE NOS ACHICA EL CORAZON. O DE CUANDO LA FELICIDAD TIENE FORMA DE U
Era sábado. El viento soplaba mucho menos que de costumbre. No había una sola alma en la playa y ya eran las 9 de la mañana. En pleno verano. Todavía no se acercaban las hordas de Trelew y de Rawson que reclaman la playa y la arena como propia. Los locales dormían la mona, a lo mejor habiendo tomado -como lo hicimos nosotros, acompañados por Olga, la madre de Flopi, nuestra modesta botellita de Bianchi Chablis, en el Bogavento en el Puerto.
Después de la enésima escaramuza con Bateson y Satélite, que ahora si me semireconocen como amo, y que se escapan un par de cuadras para después volver mansamente al colectivito high-tech, como lo bautizo Flopi apenas comprado, me pareció propicio hacerme una última escapada con ellos a la playa.
Esta prohibido y cobran multas si uno retoza con estos pedazos de bestias en el área supuestamente dedicada a los humanos. Pero era temprano y seguramente no habría ni siquiera guardianes de la ley para cumplir con ella.
Lo cierto es que con cerca de 20 grados, la inmensidad del océano a nuestros pies, las dos criaturas divinas correteando, mordiéndose y jugando como seres libres por unos minutos, se configuró una imagen que me llevare para siempre conmigo. Muestra de lo efímero, instante de felicidad captado al viento, momentos que no se repetirán, o tal vez si, pero que se inmortalizan como ese espacio y ese lugar en donde se detiene todo pensamiento, en donde uno respira, exhala, inhala y cree que todo es posible, o simplemente que es real lo que esta pasando en ese nanosegundo y con eso alcanza y sobra.
Los dos monstruos vagaban a una velocidad increíble, se hundían en el agua, correteaban en la arena y sellaban así una pacto de cariño y de alegría que compartimos durante esta cortisima semana que ojalá hubiese durado un mes o toda la vida.
Decididamente algún gen extravagante (de esos que solo detecta el increíble Dr House de quien me vi mas de una decena de episodios de la 3ra y 4ta temporada estos días) debo tener para encandilarme mucho mas con perros y gatos que con bebes, pañales y amoniaco. Alguna mala pasada me habrá jugado el sistema de reproducción humano para sentir oleadas de cariño y felicidad cuando el caradura de de Sati se nos tiraba literalmente encima en la cama, y pugnaba por quedarse con la cabeza enterrada en la almohada, y convencernos de que la barrera entre las especies es otro espejismo, que solo nos sirve para sentirnos mas o distintos.
Después claro el contexto, la naturaleza, los paisajes, las criaturas marinas, las rutas interminables, la gente que solo figura como trasfondo, la vegetación y el desierto, la puesta en marcha de una Nación como es Playa Unión, remedo de todos los inicios posibles, pensables, deseables.
Y no nos olvidemos de… Gaudi. El gato blanco que no sabe si es perro o sobreviviente. Que se estira longilineo sobre Toddy y se cree también eterno y feliz a pesar de que los monstruitos lo lamen y se creen capaces de patotearlo hasta que la criaturita se molesta y les pega sonoros golpeteos con sus manitas.
El asombro no cesa, porque el animo se predispone en estos lugares como una guante dado vuelta. Todo lo visto se mira otra vez como nuevo. Todo lo conocido tiene aristas que no les habíamos visto antes y que piden una nueva visita. Y eso que yo solo había estado aquí 2 o 3 veces y por horas o un día nomas.
Definitivamente hemos hecho bonding con Playa Unión, a la que alguna vez detestamos por kitsch entendida tan unilateralmente como lo hizo hace décadas Abraham Moles como estilo fundado en la ausencia de estilo y en la acumulación ostentosa de lo falso, como nos lo recuerda hoy el genial Rafael Cippolini en Contagiosa Paranoia. Decididamente hemos hecho un bonding profundo y doloroso -por la distancia que ahora deberemos soportar- con estos dos Pepos que nos alegraron cada uno de los días de esta semana que fue tan corta, que pronto creeremos no haberla vividi nunca.
Porque una cosa era acariciarlos y acompañarlos como lo hicimos hace unos meses como visitante ilustre. Y otra infinitamente diferente fue hacer de padres humanos de estos maravillosos animales que con sus ojos llenos de pedidos incomprensibles y con su compañía y garbo ganas de retozar y de vivir, deberían ser modelo de cura de la depresión de los urbanitas con o sin plata y de cualquiera que no sepa como vivir con ganas, que abundan alla, y seguramente también aca.
Ver decenas sino centenares de miles de pingüinos en Punta Tombo es como haber ido a la luna y haber vuelto y tener ganas de ir otra vez. Aunque no fui al avistaje de delfines y lobos debe ser exactamente algo parecido, por lo que contaron mi abuela postiza y su augusta nieta. Y aunque deliberadamente me perdí la excursión de un largo e interminable día y 600 km de recorrido a la península de Valdéz, seguramente por los dichos de Toddy y Taty todo lo anterior se refrenda y mucho mas aun.
En mi salpicón de lecturas estivales leí por ahí que una extraña investigación había decretado que nuestra edad más depresiva se ubica en los 44 años.
Desarrollado en conjunto por investigadores de la universidad británica de Warwick y el Dartmouth College estadounidense, el estudio concluyó que la felicidad tiene forma de U: llega a su tope cuando tenemos 20 y 70 años, pero cae en el medio.
“Se podría esperar que las personas se pongan infelices mientras se acercan a la muerte”, dijo el profesor Andrew Oswald, “pero al parecer ocurre lo contrario”. Si confiamos en Schopenhauer, esto no es ningún misterio. Los cuarenta son el punto donde el acto de composición es reemplazado por la reflexión y tal vez el arrepentimiento. A los 44, esos pensamientos dominan la mente y a veces culpamos a todos menos a nosotros por los fracasos.
No se cuanta razón tendrá Oswald o si habría que darle alguna al gran Schopenhauer que con su causticidad habitual insistía en que “Los primeros 40 años de vida son texto, el resto es comentario”, (cierto que la expectativa de vida era muchisimo mas baja en ese entonces).
Lo que les puedo asegurar es que retozar con los perros en Playa Unión me convenció -como muchas otras cosas en esos 3 o 4 últimos años- de que la felicidad tiene cara de U, y eso que de Oswald y sus estudios -que en definitiva uno tuerce como mas le conviene- no tenia la menor idea.
Y respecto de la teoría de Beatriz Sarlo según la cual toda la admiración respecto de estos paisajes se diluye cuando el nativo pregunta ¿ustedes se quedarían a vivir acá?, contesto, ¿porque no? Ya veremos
Ahora con la cabeza gacha y el corazón partido iniciamos el retorno aunque lo escanciaremos con una estancia en Las Grutas y probablemente una pernoctación para despresurizarnos en Azul. Bye hasta mañana cuando seremos absorbidos por la gran urbe. Y con el upite en la mano pensando en mi operación de ojos (que los incluirá a los dos al mismo tiempo por una decisión quirúrgica) el próximo martes a la tarde.

Bienvenido a 

Comentarios
[...] El último paseo que dí con ellos fue el sábado a la mañana en donde lo introduje de contrabando (escapandole a las multas) en el mar. Ya conté lo que sentí en ese momento y por eso ustedes pueden estar al tanto de lo contento que estábamos en su compañía. [...]
[...] El último paseo que dí con ellos fue el sábado a la mañana cuando los introduje de contrabando (escapándole a las multas) en el mar. Ya conté lo que sentí en ese momento y por eso ustedes pueden estar al tanto de lo contento que estábamos en su compañía. [...]
señor,
no lo lei todo, pero este relato de los perros es suficiente para afirmar ue es una persona de gran sensibilidad y un escritor muy interesante,
con mucha admiracion lo abraza
cassandra
Añade tu opinión
Registrarse para comentar