Palabras
“La pintura trata de mostrar un mundo de tres dimensiones en dos. Nos hace creer que el sol es amarillo o rojo y los árboles verdes o azules. En la pintura, las distancias son tamaños en perspectiva. Es el mundo dentro de un rectángulo de tela. Así, la pintura puede reproducir un mundo más perfecto que el real.” (Goethe)
Y lo logra, hasta tal punto que para nosotros Botticelli es el Renacimiento, Toulouse-Lautrec es la noche bohemia de París y Utrillo es Montmartre. Para nosotros, La Boca es Quinquela, Cunsolo, Lacámera e Imperiale. Y no el puerto gris y maloliente que evitamos. “La belleza no es una categoría de las cosas, existe meramente en la mente del que la contempla”, pensaba Hume. La importancia de una obra de arte radica en evidenciar los parámetros universales de nuestras mentes. Por eso, el arte es percepción organizada, como decía Roy Liechtenstein. Una serie de fenómenos visuales, líneas, rayas, luces y colores que evocan procesos aprendidos o (mejor dicho, biológicamente) que comparten todo proceso de comunicación. Turner opinaba que la belleza es una característica inherente al universo, compartida por nuestros cerebros a través de símbolos, que dan etiquetas arbitrarias a objetos o a actos comunicativos, con raíces culturales comunes a todos nosotros. Algunas de estas imágenes son tan primitivas en nuestra evolución que nos retrotraen a la infancia. Como decía Picasso: “Pintar es un oficio de ciegos. Pinto el objeto como lo siento, no como lo veo. Cuando yo tenía cuatro años pintaba como Rafael. Me tomó toda una vida pintar como un niño de cuatro años”.
Omar López Mato es médico cirujano oftalmólogo y autor de Males de artistas, enfermedad y creación , del que publicamos un fragmento.
http://www.lanacion.com.ar/976022

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