“Un ministerio es igual que un laboratorio; cambia la escala”
En medio de la continuidad de los ministros clave de la gestión K, una de las sorpresas que deparó el anuncio del gabinete de Cristina fue la creación del Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva. A su cargo estaráLino Barañao, un experto en clonación. Recibió a PERFIL y contó detalles de su gestión: “Si tengo problemas, me voy”, deslizó.
Por Martin De Ambrosio
Cuando se le acercaron el martes a Lino Barañao y le dijeron: “Lino, tengo una mala y una buena noticia para vos. La primera es que no vas a ser secretario de Ciencia como te habíamos dicho”. Barañao contuvo el aliento y por un instante se le pudo haber cruzado por la cabeza las veces que PERFIL dio como un hecho que iba a manejar la ciencia argentina. “Pero la buena es que vas a ser ministro de Ciencia”, terminó el interlocutor. Y Barañao recuperó la sonrisa.
Así se enteró el actual presidente de la Agencia Nacional de Promoción Científica y Tecnológica de que se transformaría desde el 10 de diciembre en el primer ministro de Ciencia de la historia argentina, debido al desdoblamiento de Educación.
Barañao es uno de los científicos más brillantes del país, desde 2003 está dedicado a administrar los millonarios fondos de que dispone la Agencia y jura que conoció a Cristina recién en mayo de este año. El futuro ministro recibió a los medios durante toda la tarde del miércoles y no discriminó a este diario. “Sigo hablando con la gente de siempre y creo que más vale pedir perdón que permiso”, señaló.
—¿Por qué el país ahora va a tener un Ministerio de Ciencia?
—Es un cambio cualitativo. La ciencia y la técnica tuvieron siempre un rol decorativo, fueron relegadas de un modo intencional, porque en un modelo de dependencia, el conocimiento es generado por otros países y no tenía sentido darle jerarquía. En los países desarrollados siempre fue el motor principal de la generación de la riqueza.
—Se habla de que ahora el Ministerio va a centralizar los organismos de ciencia desperdigados. ¿Es consciente de las dificultades que eso le puede traer, por la puja de intereses y presupuesto?
—Sí, claro, pero no nos vamos a desvivir por tener a todos los organismos (INTI, INTA, CNEA, Citefa, etc.) bajo nuestra ala. No es imprescindible para tener una buena coordinación. De hecho, ya lo hacemos desde la Agencia: tejer redes y usar los recursos humanos de un modo inteligente independientemente de dónde estén. No necesitamos pasar por la instancia burocrática.
—¿Planean un financiamiento especial del Ministerio?
—No. Con los desembolsos previstos tanto del BID como del Banco Mundial y del Tesoro estamos en condiciones de llevar adelante las acciones previstas. Además, iremos viendo la posibilidad de crear fondos sectoriales, de un modo similar al que tienen Brasil y Chile. Nuestra idea es mejorar esas experiencias de los vecinos.
—¿Cuál será el rol que tendrá el sector privado?
—Es esencial sobre todo en los programas en los que el Estado pone la mitad de los fondos, porque permite advertir el compromiso que cada empresa tiene con los proyectos… Hay que tener en cuenta que no es posible hacer una homologación con la situación de los EE.UU., donde la proporción de inversión Estado-privados es del 50%, debido a que allá están, por ejemplo, los grandes laboratorios farmacéuticos que pueden hacer inversiones multimillonarias. En cambio, en países donde las pymes son más importantes, como Italia, el rol estatal es más fuerte.
—¿Es el fin de su carrera como científico de laboratorio?
—Yo creo que sigo haciendo ciencia. Sigo haciendo experimentos, sólo cambia la escala. La idea en ambos casos es obtener la mayor cantidad de información útil con fondos exiguos. También acá es ensayo y error.
—Convengamos en que la repercusión es diferente: en un laboratorio, un error puede llevar a la muerte de una rata, pero en el Ministerio no se lo van a perdonar.
—Bueno, en un caso se pierde una vida, y en el otro a lo sumo tendré que renunciar. Mire, yo vine a la función pública con coraje, no vine a hacer la plancha. Si hay problemas o cosas que no se pueden hacer, me voy. En 1984, cuando era joven y vehemente, fui gremialista dentro del Conicet. Y entonces le dije a una funcionaria de Manuel Sadosky (secretario de Ciencia de Alfonsín): “Si no pueden hacer las cosas bien y rápido, renuncien”. Hoy soy menos vehemente, pero creo lo mismo.
http://www.diarioperfil.com.ar/edimp/0208/articulo.php?art=4024&ed=0208

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