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Interlink Headline News Nº 4575 del Viernes 10 de Agosto

¿VOLVER A LOS 17? Editorialista invitado Martin Varsavsky. Post original Tercera y ultima Parte de Tres

Lo que si recuerdo es que la vuelta a Buenos Aires fue un shock. Me enteré de la desaparición de mi primo y me angustié tanto que me enfermé gravemente. Los médicos decían que tenía difteria. Yo no se qué tenía, pero recuerdo dos cosas. Una, que tenía tanto pus en la garganta que me ahogaba y que me daban inyecciones de Keflin. El horror de esta enfermedad duró 2 semanas y bajé 9 kg. Así recibí la noticia de la desaparición de David, con quien me había pasado la infancia jugando y era mi único primo. El que me había enseñado un condón por primera vez y cuando me preguntó que creía yo que era, le dije convencido “un globo de cumpleaños”. La otra cosa que me puso especialmente triste al volver a Buenos Aires es que el padre de Rody, uno de mis compañeros de viaje a Brasil, al enterarse que mi primo había sido secuestrado por los militares, le prohibió verme. Rody le obedeció y yo me sentí enormemente traicionado. Esto me causó un profundo dolor. Me sentí un paria, un intocable. Años más tarde lo entendí. Los militares mataban como si lucharan contra una epidemia imaginaria. Ellos jugaban a la mancha, yo te toco, ellos te matan.

Para colmo, y no se bien por qué (se lo podría preguntar ahora a mi madre que tiene 68 años a ver si lo recuerda) pero al curarme mi madre me mandó de vuelta a casa de mi padre donde yo no quería ir. Mientras tanto, como no tenía que ir al colegio y estaba haciendo tiempo para ingresar a la New York University, donde había solicitado ingreso y me habían aceptado, decidí buscar trabajo. Mi padre planeaba el exilio y su vida era un verdadero caos. Durante el año anterior había corrido regatas en el Río de la Plata y conocido a un armador (dueño de un astillero) a través de mi madre que me ofreció un trabajo de ayudante de carpintero. Lo acepté, ya que mi plan era trabajar en una fábrica y no en una oficina. El plan era en parte ideológico. Yo, como dije, era socialista y creía que los obreros estaban siendo explotados (aún creo que en cualquier mercado laboral en el que hay desempleo los obreros están explotados), pero siendo una persona lógica recuerdo comentar con mis amigos que era absurdo hablar de la lucha por los derechos de los trabajadores sin haber trabajado nunca. Además, argumentaba que para entender como era la vida de un obrero, había que ser obrero. Así fue que terminé de obrero en un astillero en San Martín, de marzo a junio de 1977. Mis recuerdos de esa época son trabajar mucho, ver mucho a mi novia, tener muchas relaciones sexuales, estar muy enamorado, tener mucho miedo a los coches Ford Falcon que usaban los militares y policías vestidos de civiles, escaparme antes de empezar el servicio militar (porque a mi primo lo habían secuestrado la noche que iba a entrar a hacer el servicio militar), organizar mi vida alrededor del estado de sitio y los toques de queda y preocuparme por mi hermanastro que se drogaba muchísimo junto a sus amigos y además vendía drogas.

Los días de aprendiz de carpintero eran eternos. El primer día de trabajo el carpintero jefe miró mis manos de pianista (no se tocar el piano, pero todos dicen que tengo manos de pianista) y vi como se dibujaba una sonrisa burlona en la cara de Joe Tenazas (el apodo fue inspiración de mi amigo Max) y me dijo, “pero vos no trabajaste un día de tu vida, ¿no?”. Así fue como por falta de experiencia me puso a lijar quillas de veleros y a la semana de lijar quillas estaba que me moría. Claramente la vida de los obreros era una mierda, eso estaba claro, ya lo había aprendido. Pero no renunciaba, seguía lijando quillas esperando la hora de comer el asadito que era el único lujo del obrero argentino. Yo creo que la gente que nunca hizo un trabajo manual, como será el caso de los lectores de mi blog, no saben lo que es lijar una quilla durante las 8 horas laborales seguidas. Aclaro, es simplemente peor de lo que se imaginan. Cuando yo hoy en día escribo artículos diciendo que los franceses son unos ridículos porque limitan la jornada semanal a 35 horas, pienso en trabajos como los que hago ahora y las 70 horas o más que trabajo a veces. Pero entiendo perfectamente como alguien cuyo trabajo es lijar quillas mirando un reloj que se mueve a la misma velocidad que cuando están reparándote una carie quiera la semana de 35 horas. Es más, entiendo como puede querer cobrar seguro de desempleo y quedarse en su casa. Así fue que en medio de este sufrimiento –donde además de lijar y lijar tenía a Joe Tenazas diciéndome cuán mal hacía mi trabajo (y lo peor es que tenía razón)– cuando un día por megafonía del astillero preguntaron si alguien hablaba inglés, salí corriendo hacia la gerencia diciendo que si. Y ese fue mi último día como miembro de la clase obrera, porque con mis 17 recién cumplidos entré en la gerencia empresarial y nunca volví a salir de ahí. El tema fue que no solo empecé a traducir el contrato para que el astillero pudiera construir un velerito de 21 pies, sino que me metí en las negociaciones y terminé sacándole mejores condiciones al diseñador francés, cuyo nombre no recuerdo. Me quedé en la gerencia hasta que me fui a Estados Unidos, e inclusive mi primer trabajo en Estados Unidos mientras era estudiante siguió siendo hacer consultorías para el astillero.

La historia de mi llegada a Estados Unidos también obedece a uno de esos absurdos planes adolescentes que me hacía yo. Todo tenía una lógica en este mundo, donde mi primo había desaparecido de la manera más ilógica. Mi argumento era el siguiente. Me habían aceptado en NYU, en Nueva York, pero yo en vez de ir a Nueva York volaba a San Francisco. ¿Por qué? Porque “¿cómo me iba a ir a vivir a un país que no conocía?”. Si ya conocía todas las provincias argentinas menos San Juan y Catamarca (aún no las conozco), tenía que recorrer bien Estados Unidos antes de llegar a Nueva York. Además mi primo no aparecía y mi padre finalmente se había dado cuenta de que la cosa estaba peligrosísima y lo mejor era que nos fuéramos lo antes posible. Lo raro del caso es que aunque una parte del gobierno norteamericano, los republicanos, se dedicaban a entrenar a militares en sudamérica para torturar y asesinar civiles, otra parte, los demócratas, y en nuestro caso el querido senador de Nueva York Patrick Moynahan, nos rescataba y daba a mi padre y a todos nosotros visas de refugiados (hace un par de años pude agradecer a su viuda en una cena en la casa de Jim Wolfenson, que dirigía el Banco Mundial).

Esto quiere decir que no solo me había hecho 8000 kilómetros entre enero y marzo del 77, sino que entre junio y agosto me hice 6000 más. Esta vez viajando de San Francisco a Los Angeles, Santa Fe, Phoenix, El Gran Cañón, Denver, Boulder, Omaha, Des Moines, Toronto, Montreal, las Cataratas del Niágara, y muchos otros sitios antes de llegar a Nueva York. Pero en Estados Unidos no me resultó fácil viajar a dedo. A la segunda vez que un homosexual trató de meterme la mano encima me di cuenta que el sexo en USA no era como en Brasil, y me compré un billete de Greyhound Bus con el que podía cruzar Estados Unidos por solo $75.

El cruce de Estados Unidos fue quizás más interesante, pero mucho menos divertido que el viaje por Brasil. No se trata del idioma, que hablaba bastante bien, sino que la gente en Estados Unidos me parecía rara, no la entendía. A diferencia de Brasil, los autobuses estaban llenos de personajes solitarios, a veces psicóticos. Si en Brasil me invitaban a una boda, en Estados Unidos no me daban absolutamente nada sin pagar, nadie parecía interesarse por mi, me sentía increíblemente solo. Llegó un momento en el que, pese a los horrores que había vivido en Argentina, extrañaba Buenos Aires, donde al ser víctima aún era alguien. En USA no era nadie.

Al llegar a Nueva York me sentí tan contento de ver a mi padre que hasta su esposa, a la que nunca había querido mucho, me pareció simpática y ni hablar de la felicidad de ver a mi hermana Paula. Eran mi familia y estaban ahí, en Grand Central, para recibirme. Así llegué al final de este viaje, que había empezado en la biblioteca del Ministerio de Educación y que terminaba en Nueva York, concretamente en la New York University, en la que estaba por empezar mis clases y mi padre había conseguido un trabajo de profesor. Un viaje en el que yo sobreviví y mi primo David Varsavsky no. Mi primo, para el que hice construir en el colegio Toledano de Alcobendas (al norte de Madrid) el único polideportivo donde los chicos que son en su mayoría judíos, juegan todos los días viendo su nombre.

¿Por qué decidí que su tumba fuera un polideportivo lleno de chicos? Porque David solo tuvo infancia. Solo un chico podría entender su vida y sólo los chicos la van a entender. Y decidí que fuera un colegio judío porque aunque David, como yo, no era religioso, los antisemitas que lo mataron no hacen distinciones tan sutiles, ellos odian a los judíos como si fuéramos una plaga. No digo que a David lo mataron por ser judío, porque no lo se, pero las estadísticas muestran que una persona tenía 12 veces más probabilidad de ser asesinada por los militares si era judía.

En España hubo una persona que entendió muy bien el gesto de hacer un polideportivo en Alcobendas, Alberto Ruiz Gallardón, el hoy alcalde de Madrid. Cuando Ruiz Gallardón era presidente de la comunidad de Madrid, no se cómo se apareció en la inauguración del polideportivo y dio un discurso muy conmovedor. Había estudiado la historia de mi primo David y la relató muy bien. El segundo homenaje a mi primo fue haber hecho Educ.ar. Para mi Educ.ar, aunque no directamente ligado a David Varsavsky, es más que un homenaje, es una estrategia de prevención para que un pueblo no pueda ser tan brutalmente engañado nunca más. Y durante este proceso de reconciliación con la Argentina que tan mal me trató lo que fue emocionante fue el reencuentro con los propios militares, ya reformados en Campo de Mayo. Aunque cueste creerlo, fue el ejército argentino que distribuyó y distribuye las computadoras de Educ.ar . Hay gente que no puede perdonar. Yo si. Cuando estuve con el comandante Bendini y sus colegas sentí realmente que el ejército argentino nunca más haría lo que está tan bien descrito en el Nunca Más.

¿Por qué hice tantas cosas por David? En parte porque lo quería como a un hermano. Pero debo reconocer que nunca me quedó claro a qué Varsavsky fueron a buscar los militares cuando se llevaron a mi primo. Y nunca me quité del todo la culpa de si me salvé por estar en Brasil. Porque aunque yo era socialista declarado yo se que mi primo David era solo un chico que iba al industrial y había aprendido a reparar radios y televisiones para ganar algo de plata. Nada más.

¿Volver a los 17? En mi caso sería increíblemente traumático. Nunca cambiaría mis 17 por mis 47 llenos de felicidad, casado, con 4 hijos, queridos amigos argentinos, españoles y norteamericanos. Los 17 se los dejo a mi hija mayor, que los acaba de cumplir, y que está festejando con 4 amigas de marcha por Ibiza. Esos son los 17, los míos fueron muy especiales, y su historia merece ser contada, pero no se los recomiendo a nadie.

En: Editoriales — Agosto 10, 2007

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