Interlink Headline News Nº 4574 del Jueves 9 de Agosto
¿VOLVER A LOS 17? Editorialista invitado Martin Varsavsky. Post original Segunda Parte de Tres
Pero como estaba relatando, durante el 76 nos quedamos y yo di exitosamente mis exámenes durante diciembre de ese año. El tema de rendir los exámenes para mi fue una lucha cargada de emociones. Los profesores sabían quien era yo, sabían que me habían expulsado y simpatizaban conmigo. Pero el nivel que hay que tener para poder “dar un año libre” era muy alto. Cada examen era un oral y un escrito en el que te podían preguntar cualquier cosa del programa, hasta lo que ellos mismos no tenían tiempo de enseñar. Lo absurdo de todo esto es que como tengo muy buena memoria aún hoy recuerdo con bastante detalle lo que tuve que aprender, temas insólitos de la historia argentina, que es como una película de Hollywood al revés, que empieza bien y termina mal. Al terminar de dar los exámenes y aprobar no solo me sentí contento, sino que disfruté de la primera “venganza” de mi vida. En mi pequeña medida había triunfado contra el coronel que dirigía el Nicolás Avellaneda: estaba vivo y me había graduado del colegio que me había expulsado. De esta experiencia aprendí que hasta de las situaciones más horribles se puede sacar provecho. Y apenas aprobé hice mi solicitud para entrar a New York University, donde mi padre estaba tratando de conseguir un puesto de profesor para que todos pudiéramos emigrar y él tener un sueldo. Una vez hecho esto organizamos con mis amigos más queridos un viaje a Brasil, que para los adolescentes argentinos era la tierra prometida.
A veces me pregunto si para gozar es necesario sufrir. Si gozar es un sentimiento absoluto o relativo. Porque si no, me cuesta entender cómo escapados de un ambiente tan terrible los 5 amigos que fuimos a Brasil nos divertimos tanto. Y recorrimos este país “mais grande do mundo” kilómetro a kilómetro. El viaje a Brasil fue todo para nosotros. Las argentinas eran, y siguen siendo, mucho más difíciles para ligar (seducir) que las brasileñas. Viajábamos en auto stop (a dedo) o en autobus y donde sea que íbamos encontrábamos garotas, garotas y más garotas. El colmo fue una vez afuera de Florianópolis, que nos dividimos en dos grupos para hacer dedo hacia San Pablo y terminamos en un cruce en la ruta en medio de la nada a la puesta del sol. Cuando estábamos armando la carpa (tienda de campaña) desilusionados, listos para dormir ya que hacer dedo de noche era inútil, aparecen dos garotas del otro lado de la ruta, también haciendo dedo. Nos miramos, nos reímos, las invitamos a nuestra carpa y terminamos los cuatro enrolladísimos. El único pudor era hacer turno para usar la carpa, porque eran hermanas. Así era Brasil: libertad, sexo, carnaval, todo lo opuesto al horror, al estado de sitio que vivíamos en Argentina, donde te podían detener en cualquier momento, donde la gente moría porque descubrían “El Capital” de Marx en su casa, donde el tema no era el sexo, sino pasar a la clandestinidad para seguir vivo.
Recuerdo que sobreviví en Brasil de fin de diciembre hasta marzo con $200 dólares. Dormíamos en la playa o en los bancos de las plazas y a veces viajábamos juntos, a veces separados, porque era más fácil que te llevaran solo que en grupo. El Brasil de esa época no era como el de ahora en el que los asesinatos son tristemente el pan de cada día (yo mismo presencié el asesinato de un adolescente en Copacabana en el 2001). Algún día alguien me contará cómo fue que Brasil pasó a ser el país increíblemente violento e inseguro que es ahora, porque en esa época, para nosotros, era un paraíso de tranquilidad, hasta el punto que vivíamos hablando con extraños, haciendo dedo, confiando en la gente y comiendo menúes populares en restaurantes de pueblo (siempre mandioca, arroz y pollo).
Pero Río de Janeiro, que tenía que ser la coronación de nuestro viaje, puso a toda la “barra” (pandilla) en apuros al enamorarnos todos de una chica llamada Isabella que nos invitó a quedarse en su lujoso departamento de Leblon, aprovechando que sus padres estaban de viaje. Me acuerdo lo increíblemente hermosa que era Isabella y cómo mis queridos amigos (aún hoy no pasa una semana sin que nos escribamos todos por internet) se transformaron en peligrosos rivales. Lo peor era que cada uno de nosotros creía haber tenido un triunfo. A mi me besó cuando salí de la ducha, eso lo sé, y yo estaba convencido que estaba conmigo, pero cuando me enteré que Martin B y Roddy parecían tener trofeos similares me agarró un ataque de celos. La situación se puso insostenible y no se cómo me rayé (piré) y decidí seguir el viaje solo con el objetivo de llegar a Salvador de Bahía (o Bahía como decíamos nosotros), ya que me había enterado que mi tía Ruth, la hermana de mi madre, y mi tío Carlos, se habían escapado ahí. Pero nunca me olvidé de Isabella y ese es el nombre de mi segunda hija, que es tan hermosa como la Isabella original. No tengo claro si esto es una casualidad.
Mis tíos Ruth y Carlos fueron de los centenares de miles que no murieron en manos de los militares, sino que emigraron, como terminamos emigrando nosotros. La mayoría a España, México, Brasil, Venezuela, Italia y Estados Unidos. El caso de ellos era el siguiente: un ex novio de mi tía simpatizaba con los Montoneros y la ex esposa de mi tío con el ERP. Se que suena tirado de los pelos que alguien que tuviera un ex novio simpatizante de los Montoneros se tenga que ir del país, pero el padre de mi tío, que era general y gobernador de la provincia de Mendoza, les dijo que “estaban en las listas” y que se fueran. Ellos se escaparon y como mi tío era un gran neonatólogo encontró rápidamente un trabajo en un hospital de Bahía y ahí se fueron.
Ahora lo que yo me pregunto es cómo tomaba yo decisiones a los 16 años, porque no recuerdo llamar a mis padres para consultarles si me “dejaban” seguir de Río hasta Bahía (la distancia por tierra entre Buenos Aires y Bahía es similar a la distancia entre Madrid y San Petesburgo). Supongo que mis padres pensaban que yo estaba mejor perdido en Brasil que encontrado (por los militares) en Buenos Aires.
Así fue como seguí solo de Río a Bahía, a dedo. Recuerdo que mi estrategia era no hacer dedo en la ruta, sino ir a las estaciones de servicio y hablar con la gente. Estando con tanta garota había aprendido rápidamente el portugués (cuando hicimos Jazztel de Portugal daba charlas en portuñol y descubrí cuánto más fácil es entender a un brasilero que a un portugués). En general se me daba muy bien pedir que me llevaran. Me imagino que a los 16 años no daba miedo a nadie ni yo tenía miedo a nadie. Era genial vivir sin miedo al crimen, algo que con la enorme inseguridad de Latinoamérica se perdió. Como los viajes en coche eran tan largos el transporte abría camino a la amistad. Una familia, por ejemplo, me llevó hasta Vitoria y cuando llegamos me invitaron a la boda a la que iban. El único recuerdo que me queda de esa boda es la comida, pasé de las garotas y solo quería comer. Se ve que pasaba mucha hambre.
La alegría al llegar a Bahía y ver a mis tíos fue total. Y no solo estaba feliz de verlos y ellos a mi, sino que lo que era increíble de mi vida en esa época es que si no llegaba a Bahía hubiera tenido que mendigar o algo así, porque ya no tenía nada de plata, ni móviles que no existían, ni tarjeta de crédito internacional, ni manera de salir adelante. Así que cuando se abrió la puerta de ese departamento en Ondina me invadió una mezcla de alegría y alivio total.
Quizás la alegría me duró mucho, porque no me enteré que durante mi viaje los militares habían secuestrado a mi primo en Buenos Aires. No se por qué no me enteré, pero creo que fue porque en esa época la primera reacción de los familiares ante un secuestro por parte del gobierno era, absurdamente, confiar en que el gobierno iba a solucionar todo y dejar a la víctima libre. La gente iba a las comisarías, hacía denuncias, y a veces, como en la fábula de Esopo, entraban y no volvían a salir. Las víctimas del aparato represor del gobierno no tenían realmente idea de lo que estaba ocurriendo. La analogía con el régimen Nazi es muy fuerte.
Una de las razones por las que hice Educ.ar en Argentina y Chile 25 años más tarde, fue por mi convencimiento de que si hubiera habido internet los militares de esos países no hubieran podido controlar los medios y matar a tanta gente inocente. Pero en esa época no se sabía nada. Las radios, televisiones, periódicos, estaban todos tomados por los militares que secuestraban, asesinaban, torturaban periodistas disidentes como a Jacobo Timerman, padre de mi querido amigo Javier Timerman. Así fue que, sumido en la inocencia total, ignorante de que durante esos días, mientras yo ligaba con bahianas y hasta trabajaba de guía turístico, mi querido primo hermano estaba siendo asesinado.
En marzo, luego del carnaval y gracias a la ayuda económica de mis tíos, pude comprar un boleto (billete) de omnibus (autobus) y viajar de Bahía a Punta del Este sin hacer dedo. El viaje duró 5 días parando sólo para cambiar de autobus. En uno de esos trayectos conocí a una hermosa brasilera con la que se ve que me enrollé tanto que inclusive en el Brasil del “valetodo” nos hicieron bajar del autobus.
Al llegar a Punta del Este conocí a la que fue mi primera novia, porque la que hubiera podido ser mi primera novia, como conté, se había tenido que escapar a Madrid. Las brasileras nunca llegaron a novias y mi amor por Isabella no había sido correspondido. Quizás por ese tortuoso inicio de vida romántica mi primer enamoramiento fue un romance total, ella tenía 15 y yo 16, pero no recuerdo como teníamos acceso a un coche (creo que algún amigo más grande nos llevaba de un lado para otro) y nos enrollamos no en Punta, sino en La Coronilla. Recuerdo que en ese viaje estábamos con otro chico que luego resultó ser empresario de Internet en Nueva York.
Hay gente que piensa que la virginidad es una sola. Yo creo que hay tres que en general se pierden por separado. Una es la que todos conocemos, la de coger (follar) por primera vez, otra es la de hacer el amor, estar enamorado y follar por primera vez gozando plenamente, y la tercera –que en general llega más tarde– es concebir, hacer el amor con el deseo de ser padres. Yo perdí mi primera virginidad en el sentido estricto de la palabra a los 13 años en un prostíbulo de Punta del Este llamado Hiroshima, que estaba decorado con una bomba atómica que colgaba del techo. Bastante patético todo. Yo era muy jóven y no estaba preparado realmente para el sexo y fué una desilución. Pero la pérdida de la segunda virginidad compensó con creces al ambiente sórdido de la primera. Fue 3 años más tarde y se ve que los dos estábamos muy listos para amarnos y gozar. La experiencia fue profundamente romántica.
Para los que vivíamos los horrores y el miedo de Buenos Aires y podíamos escaparnos a Uruguay o Brasil –aunque estos países, especialmente Uruguay, también tenían sus dictadores– viajar era estar en libertad. Aunque todos estos países tenían dictadores estos no se pisaban los territorios. Cada dictador, sea Pinochet o Videla, se ocupaba de torturar a los suyos. Los uruguayos torturaban a sus ciudadanos, los argentinos a los suyos (aunque los argentinos fueron especialmente sanguinarios y mataban también a bastantes extranjeros, cosa que hizo que los militares argentinos fueran y sean aún buscados por cortes internacionales en muchos países). Es por esto que pese a que Uruguay tenía su dictadura, para mi aún representaba libertad y mi novia y yo podíamos amarnos allí sin problemas.
Sigo sin recordar como me comunicaba yo con mis padres o dónde estaban ellos cuando volví de Brasil a Uruguay. Supongo que en Buenos Aires. Supongo que mi padre, el tío medio adoptivo de David, cuyo padre había muerto de un ataque al corazón pocos años antes en La Patagonia, estaba tratando de averiguar si aún estaba con vida. Pero me entristece no recordar casi ningún trato con mis padres durante ese año.

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