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Interlink Headline News Nº 4573 del Miércoles 8 de Agosto

¿VOLVER A LOS 17? Editorialista invitado Martin Varsavsky. Post original Primera Parte de Tres

Cuando tenía 17, en 1977, estaba de moda una canción que se llamaba, Volver a los 17. La cantaba Mercedes Sosa. En ese entonces yo estaba de ida a los 17. Pero hoy, gracias a una entrevista que me hizo el periodista Andres López, de Clarín, titulada “Mi Primer Empleo”, tuve que volver a los 17 para recordarlo. Este inocente viaje en el tiempo se apoderó de mi vida. El resultado es el primer artículo en estilo autobiográfico de este blog. Lo que sigue es el relato de mi vida desde septiembre de 1976 a septiembre de 1977.

Primero el entorno. Yo, con mis 47 años, me voy a navegar con mi esposa y mi hijo más pequeño a la Isla del Aire en Menorca. Cuando estoy regresando mi ayudante me dice que me toca hablar con un periodista que está en otra isla del Aire, la de Buenos Aires. Atiendo la llamada y el periodista me pide que hable sobre mi primer empleo. Es ahí que empieza el viaje a los 17. El me pide “Volver” y yo vuelvo con una intensidad que hace casi tensa la conversación con el entrevistador. En ese momento, gracias a la mezcla de lo más moderno, el móvil, con lo más antiguo, la memoria, vuelvo a los 17 y me siento invadido por la tristeza y una emoción profunda. A duras penas logro terminar mi entrevista tratando de enfocarme en el tema del primer empleo, ser aprendiz de carpintero en un astillero de San Martín en las afueras de Buenos Aires. Concluyo la entrevista y me siento obligado a escribir la historia del año más importante de mi vida en mi blog. Al hablar de mi primer empleo me doy cuenta que no puedo hacerlo sin relatar los tristes hechos de la dictadura militar, de los años en los que fueron secuestrados y asesinados amigos y familiares queridos. Años de adolescencia donde a las primeras relaciones amorosas les tocaron convivir con los primeros duelos sin funeral, porque así era la historia de los desaparecidos. Morían… sin funeral.

Todos tenemos años que marcan un antes y un después en la vida. Para mi sin duda fue el año comprendido entre septiembre de 1976 y septiembre de 1977, de mis 16 a mis 17.

Hasta 1976 mi vida fue la de un chico de clase media, hijo de profesores, que vivió siempre en el mismo departamento en la Avenida Las Heras 1975, 6A. Pero el año 1976, el año en el que yo decía que vivía en Las Heras “el año pasado” fue tan lleno de descubrimientos, maravillas y horrores que fue mi propio antes de y después de por el resto de mi vida. Si tuviera que decir exactamente cuando comenzó a descarrilarse mi vida de adolescente, diría que fue en marzo de 1976, cuando Jorge Rafael Videla se hizo con el poder en Argentina y el país –que ya venía mal luego del desastre que había armado el patético líder Juan Domingo Perón al dejar a su esposa en el gobierno antes de morir–, se puso mucho peor.

Como todas las tragedias, el fin de la década del 70 en Argentina que concluyó con una enorme ola de terrorismo de estado (sí, la peor pesadilla, los asesinos son tus gobernantes) tuvo muchas causas. El resultado fue la tormenta perfecta que causó la muerte de decenas de miles de inocentes en manos del gobierno. Entre ellos mi primo David Horacio Varsavsky, secuestrado y asesinado por el gobierno de Jorge Rafael Videla en el barrio de Belgrano, en Buenos Aires, el 16 de febrero de 1977. Su muerte, y la temprana muerte de mi padre en un avión que volaba de Estados Unidos a la Argentina fueron los dos golpes más duros de mi vida.

Los simpatizantes del gobierno de Videla –que representarán hoy quizás un 10% del electorado argentino–, dicen que la entrada de los militares en el gobierno se debió a dos razones. En primer lugar debido a la incompetencia de Isabel Perón y, en segundo lugar, para luchar contra el terrorismo de izquierda. Mi opinión es que, aunque efectivamente Isabel Perón era una incompetente, quizás no lo era tanto como su marido que la dejó en el poder (la gente que hoy gobierna la Argentina sigue llamándose peronista y cantan una ridícula marcha idólatra a su persona al mejor estilo fachista), y aunque el terrorismo efectivamente existió y se calcula que causó unas 400 víctimas mortales, el terrorismo de estado del gobierno de Jorge Rafael Videla es absolutamente injustificado y causó más de 30 mil víctimas tan inocentes como mi primo. Lamentablemente fue durante esa ola de terrorismo de estado que a mi me tocó descubrir la vida.

Mis 16, como dije, venían tranquilos hasta que los militares no solo derrocaron a la democracia y asumieron el poder en el país, sino que con una capilaridad política inexplicable asumieron el poder en mi colegio secundario, el Nicolás Avellaneda, ubicado en El Salvador entre Fitz Roy y Humboldt. Se que a mis lectores en Europa o Estados Unidos les puede resultar difícil creer que un gobierno militar pudiera llegar hasta tal punto de control de querer poner militares a dirigir los colegios, pero así lo hicieron. Y lo primero que hizo el militar que vino a mi colegio fue decidir a que estudiantes asesinaba y a cuales simplemente expulsaba del colegio. Me pregunto como un hombre adulto, con sangre fría, podía sentarse en una mesa y decir, a este chico lo matamos, a este lo rajamos (expulsamos) a este lo dejamos. Y quizás hoy estoy vivo porque en esa mesa alguien dijo “a Varsavsky lo rajamos” y no dijo “Varsavsky es boleta”.

¿Cuál podría haber sido mi delito? Probablemente haberme declarado públicamente un socialista democrático (mi país más admirado en ese entonces era Suecia) y quizás por haberme declarado también anti peronista terminé entre los expulsados y no metido en un avión con un cura que me daba el pésame en vida mientras unos militares me drogaban y me tiraban en medio del mar para que mi cadáver nunca fuera encontrado (si los curas apoyaban a los militares en el asesinato y así se supone que murió mi primo, en un “vuelo de la muerte”). Algunos de mis pobres compañeros comunistas o peronistas no tuvieron la suerte de solo ser expulsados y fueron brutalmente asesinados así como también los de otros colegios como el Nacional Buenos Aires o el Pellegrini.

Recuerdo el día que mi madre recibió un llamado del colegio que decía que yo no podía ir más porque había “militado”. En la Argentina obsesionada con lo militar militar curiosamente quería decir estar en el ejército y pertenecer a una organización política, una gran confusión. Todo era militar o militar. Yo, como buen adolescente, no tenía miedo, nada de miedo. Yo, como buen adolescente, sólo tenía furia, mucha furia. Entonces hice un plan: averigüé que había una manera de no ir al colegio, pero graduarse del colegio que consistía en “dar el año libre”. Para dar el año libre había que presentarse únicamente durante la semana de exámenes. Y eso es lo que decidí hacer. Como no podía ir al colegio iba a la Biblioteca del Ministerio de Educación, el mismo en el que ahora se hacen las reuniones de Educ.ar, emprendimiento social creado por mi fundación. Pasaba horas y horas en esa biblioteca estudiando las 22 materias que tenía que dar libres, las 11 de cuarto y las 11 de quinto. Mi madre trataba de convencerme para que fuera a otro colegio, para que no diera el año libre, pero yo ya estaba decidido a hacerlo.

Mis padres ya estaban separados. Mi madre vivía en Recoleta y mi padre en Belgrano, en Teodoro García y Arribeños, y durante una noche de discusión, luego de pasar el día en la biblioteca, mi madre me dijo que si seguía con mi plan de dar el año libre me echaba de mi casa, que me fuera a vivir con mi padre que había alternativas mejores como ir a otro colegio, que no hacía falta irse de la Argentina, que la cosa no estaba tan mal y que ella me sugería seguir mi vida con normalidad. Yo traté de hacerla razonar pero no pude. Mi madre, como la gran mayoría de la gente en el Buenos Aires de entonces, simplemente no se podía imaginar el asesinato en masa que estaba ocurriendo que no se limitaba a los terroristas. Pero no pude llegar a un compromiso y al desobedecerla me tuve que ir a lo de mi padre, con mucho dolor. Así se sumaban las expulsiones, la del colegio, la de mi casa de mi infancia, y mi adolescencia tan armada hasta entonces, se derrumbaba mes a mes.

Mi primer intento de formar una relación amorosa también fue un fracaso. Mi novia de ese momento sufrió un durísimo golpe cuando su hermana fue secuestrada por los militares. Ella vivía en la esquina de mi casa. Recuerdo el horror de sus padres, su miedo permanente. Para ir de Teodoro García y Arribeños, donde vivíamos nosotros, a Teodoro García y Villanueva, donde vivía ella, había que recorrer 100 metros. Pero esos 100 metros estaban plagados de peligros. El horror fue una noche cuando un representante del gobierno militar apareció de improviso a negociar con el padre de mi novia para que él les entregara el hijo en vez de la hija, ya que se “habían equivocado”. Yo estaba por subir a su departamento pero di la vuelta al ver los coches militares abajo. Mi novia era la tercera hija, sufría pensando que la próxima en ser secuestrada era ella. Pero el padre, nunca supe bien como, logró lo que casi nadie consiguió en Argentina y fue que su hija fuera liberada de un campo de detención y reapareciera con vida. Aunque fue maltratada, torturada y abandonada en medio del campo en Santa Fé, pudo rearmar su vida y hoy en día es una feliz médica que vive en Madrid y está casada con su novio de esa época, también médico.

Pero mi primera relación amorosa terminó así abortada, sin concluir, de un día para otro, porque apenas liberaron a la hermana de mi novia toda la familia se fue a España. Yo estaba feliz por ellos, pero sentía que al reaparecer su hermana, “desapareció” mi novia. Lo que hoy no entiendo mirando hacia atrás es cómo viendo la evidencia, viendo todo lo que pasaba, no nos escapamos con mi familia a finales del 76. Cómo no evitamos el secuestro y asesinato de mi primo, David Varsavsky, que vivía en Federico Lacroze, también muy cerca de nosotros. Cómo esperamos medio año más. Pero no, lo loco es que cuando los militares vinieron en febrero del 77 a buscar a mi primo, mi padre Carlos Varsavsky, una de las personas más inteligentes que conocí en mi vida, reaccionó con calma y creyó que mi primo aparecería con vida “cuando los militares vieran que David no estaba metido en nada”. Así que primero nos quedamos “para ver si mejoraba la cosa”, luego nos quedamos “para estar cuando lo suelten a David”, y al final nos escapamos cuando vimos que gente querida y conocida seguía desapareciendo como cubitos de hielo en un día de calor. Pero yo sigo pensando en cómo mi padre que era judío no se dió cuenta que esto era como otro holocausto. Su error me hace recordar al poema de otro Martín

“Primero vinieron a buscar a los comunistas y no dije nada porque yo no era comunista.

Luego vinieron por los judíos y no dije nada porque yo no era judío.

Luego vinieron por los sindicalistas y no dije nada porque yo no era sindicalista.

Luego vinieron por los católicos y no dije nada porque yo era protestante.

Luego vinieron por mí pero, para entonces, ya no quedaba nadie que dijera nada”.

Aunque este poema se refiere a los Nazis, bien puede contar la historia de los desaparecidos de Argentina detallada en el libro Nunca Más.

En: Editoriales — Agosto 8, 2007

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Editores (ir)responsables: Alejandro Piscitelli y Raúl Drelichman

Secretaria de Redacción: Gisel Picca

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